LA ESPADA DE MADERA

INTERVIÚ
La Tribuna de Toledo. 16 de enero de 2018.


No tardó en saberse que en la tienda de la Eulalia se podían ver. Estábamos en esa edad, la de la transición de las chuches y los tebeos a la revolución hormonal, el sombreado del bozo, los gallos en la voz y una comezón constante que no había forma de calmar. La tienda, que se anunciaba como droguería pero también despachaba artículos de papelería y regalos y las fotos de los principales monumentos hechas por un hijo y convertidas en postales, era un largo pasillo poco iluminado que terminaba al fondo en un mostrador.
 
Para la generación de internautas resultará incomprensible (bueno, no resultará nada porque no leen papel) la enorme curiosidad que nos devoraba y que nadie apagaba. Apenas nos podíamos aliviar con algunos calendarios de bolsillo que regalaban los talleres mecánicos a sus mejores clientes y que pasaban de mano en mano en el patio de la escuela. Eulalia tenía la delicadeza de exhibir a la entrada de su tienda el Interviú y Lib Caballero, que era mi favorita desde que publicó las fotos de Sonia Martínez, musa juvenil del momento. Por eso, sigilosos, nos acercábamos a la tienda; prudentes, metíamos un pie; temerosos, estirábamos el cuello para ver las portadas y regalarnos un subidón en el más amplio sentido de la palabra. La mitad de las veces, Eulalia permanecía al fondo, sentada tras su mostrador. La otra mitad, la buena mujer nos cazaba en la puerta y acabábamos comprando una postal del puente del río, de la picota, o de los molinos de agua, para disimular. Por algún sitio tengo el mazo de tarjetas sin usar.



Acaba de morir Interviú después de una vida de 42 años. Los periodistas de postín dicen que su longevidad se debió a una sabia combinación de trabajos de investigación, firmas de alto nivel literario y buenos desnudos. Debo de ser un tarugo rodeado de más tarugos porque jamás he leído los reportajes de Interviú o aquellos artículos de Vázquez Montalbán o Umbral, ni conozco a nadie que hiciese cola en el kiosco por ellos. En cambio, somos legión los que hemos ojeado las fotos de las más deseadas sentados en la peluquería o en el bar de confianza. ¿Que por qué desaparece? Por la misma razón que cerró la tienda de la Eulalia: los tiempos, la falta de público al que sorprender y saciar. Y que no quedan musas juveniles de pechos naturales que exprimir.


 

MESÍAS
La Tribuna de Toledo. 9 de enero de 2018.

 En la estación de autobuses de Talavera de la Reina vivía Jesucristo. Él, al menos, así lo aseguraba, y tengo que reconocer que su físico se aproximaba considerablemente a la imagen que todos tenemos del Mesías. Como de treinta años, bastante guapo, el pelo limpio, largo, liso y castaño, una barba a juego, y el cráneo circundado y herido por una corona de espino. Solía llevar una túnica, que en su día fue blanca, y sandalias en los pies. Había clavado varios alfileres de costura en un pepino y lo llevaba colgando de una cadenilla como un incensario (nunca adiviné el significado de esto). Otras veces aparecía vestido con vaqueros gastados y una camiseta con el símbolo de la paz, con el aire de algún cantante hippie de los sesenta.
 

Soltaba discursos a voz en grito relacionados con la llegada del Apocalipsis, o párrafos enteros de la Biblia, y prometía una vida mejor a los arrepentidos. Yo lo veía todas las semanas paseando por las dársenas. Al principio no era más que una curiosidad, una rareza entre la fauna de rateros, prostitutas y borrachines que habían creado su propio ecosistema entre las idas y venidas de los viajeros. Con el paso del tiempo, la gente empezó a hablar del Jesucristo, algunos le aguantaban la soflama, y pude ver que incluso había quienes titubeaban ante sus palabras. Hubo un momento que hasta yo dejé de ver al loco y me pregunté qué pasaría si en realidad aquel hombre fuese quien creía ser.

Cuando ya había pasado a formar parte del paisaje y su mensaje no chirriaba en los oídos, cuando ya no nos parecía un tipo inestable sino amigable, desapareció. No tengo ni idea de qué fue de él. Tal vez algún familiar lo recogió en su casa, o le internó en un sanatorio, o puede que un día se subiese a un coche de línea para propagar su misión en otros lugares. Creo que tuvimos mucha suerte. Si aquel hombre hubiese seguido en Talavera, es posible que hoy tuviésemos a la mitad de la población preparándose para el Juicio Final y extendiendo la palabra de su profeta para catequizar a la otra mitad. Quién sabe si los autos de fe no se habrían generalizado en la ciudad, quién si no habría conversos radicales, o comunidades regidas por leyes divinas, o éxodos de empresas agnósticas que verían su futuro amenazado por legiones de creyentes irreflexivos.


 

LA VIDA EN NAVIDAD
La Tribuna de Toledo. 2 de enero de 2018.

 El arquitecto, el técnico de prevención de riesgos y el cocinero cantan y tocan en la puerta de la Catedral; cantan villancicos tradicionales, tocan la bandurria y el contrabajo. Otros ocho o diez músicos más se han reunido en la noche de San Juan de Kety y ponen la banda sonora a la plaza. El cocinero y contrabajista se pasea en una Harley Davidson con un casco militar alemán. El técnico de prevención de riesgos es cinturón azul de kung-fú.
 
El dueño de varios restaurantes y bares se pone un jersey viejo y voltea una sartén de migas para invitar a una cola alegre de parroquianos. El dueño de varios restaurantes es de Los Yébenes y también ofrece un ciervo en salsa picante para neutralizar el frío de Nochebuena. Alguien comenta que aquella chica escurrida de rizos sale en una teleserie de actualidad. El tipo con barba que está acompañado por dos gemelas bajitas es corredor de maratones de montaña; los tres se están preparando la maratón sevillana de febrero y seguro que corren la San Silvestre. La enfermera risueña ahorra todo el año y dobla turnos en el hospital porque su pasión es el esquí; su marido acude una vez al mes a un club de lectura y cervezas pese a ser de ciencias. El presidente de ese club y la diseñadora de interiores han encontrado el piso ideal que estaban buscando en el centro. El arqueólogo con poco trabajo pinta cuadros a la encáustica y se va a marchar a Egipto en enero. Otro arquitecto abandona apresurado la ciudad para que no le caigan encima las fiestas y se refugia en un apartamento en la playa para leer a Roberto Arlt y navegar con un jubilado.



La niña que toca el fagot y sus padres están viendo los dromedarios del belén de la Caja Rural. El padre cuenta pájaros en el cielo y asegura que hay murciélagos gigantes en las inmediaciones. El pianista, que también toca el órgano en misas y batallas, empieza las vacaciones con un guiso de carillas que ha cocinado la profesora, que este año regala latas con crestas de gallo a los amigos. El archivero y su mujer aprovechan para dar la vuelta al Valle bien abrigados y compran churros junto a la pista de patinaje y el descenso de trineos. En la cacerola de mi casa hierve una caldereta de cordero recental aderezado con un mortero de ajos. Bajo el árbol han aparecido unos calcetines con renos.



 

 


 


 




 




 




 




 




 




 




 




 




 




 







































































BALANCE La Tribuna de Toledo. 26 de diciembre de 2017.


Las cabinas no tienen quien las quiera. El té del embajador de Londres tenía regusto metálico. El Seprona, premio Clara Delgado. Se nos murió Richard Adams, que escribió La Colina de Watership. Los políticos aprendieron a pedir perdón. Podemos evolucionó a la velocidad vital de las moscas del vinagre. Toledo muestra cara de escaparate al visitante. Nuria abrió Urban Paper en la calle Sillería. Felipe Hernández Ponos abandonó el cineclub. Un autobús homófobo me recordó al barón Ashler. Llegó la fantasía francesa de Puy du Fou para acabar con nuestros males. Estaba cantado que Donald Trump ganaría las elecciones. Los chicos de la ESO subieron sus palizas a la red. Carmen Riolobos alardeó de metabolismo. ETR cumplió veinte años. Rememoré aquel baile de primavera en el instituto. Los turistas asediaron la ciudad en Semana Santa. Me enamoré de Lucía Berlin. A Marine Le Pen se le escapó entre las uñas el sillón presidencial. Un ligero terremoto político meneó el Valle de los Caídos. La feria del libro siguió su decadencia. Adiós a Roger Moore, 007 y El Santo. Todos los males del planeta son culpa de Donald Trump. Ignacio Echeverría, héroe del monopatín. El Corpus pasó debajo de mis pies. Hui a Portugal del calor de finales de junio. Los vagabundos vascos se preocupan por su dieta. Bahamontes bien vale una biografía. Murió Martin Landau llevándose el recuerdo de tantas tardes perfectas. Viajé a Inglaterra en el veinte cumpleaños del alumbramiento de Harry Potter. Ángel Nieto también nos dejó. En el Casco hay vida resiliente. Viajé a México y vi el lado bueno de Donald Trump. La Yihad ha sustituido a ETA. Corea del Norte juega a la Guerra Fría. Cada ensayo nuclear coreano despierta a Ri Chun-hee, la estrella rosa. Vientos de totalitarismo en Cataluña. La Motta encajó su último golpe. Leí Sapiens y mi mundo se tambaleó. Rememoré el cuarto puesto de mi amigo catalán en la piscina del pueblo. Octubre está sobrecargado de premios. Ardió Galicia. Tía Silveria daba dulces a cambio de miedo antes de popularizarse Halloween. Se abrió la puerta de Urbana 6. Chiquito de la Calzada partió en busca del rancho de Bonanza. La Tribuna celebró su veinte aniversario. Un submarino se convirtió en sarcófago de argentinos. Viajé a Normandía y me acordé de España. Hay quien desea la vuelta de la mili. Gracias al anís me enteré de la Navidad. Y así, entre columnas, se escurrió 2017.
 



ANÍS
La Tribuna de Toledo. 19 de diciembre de 2017.

 

Me cuenta el ilustre arqueólogo Ramón Villa que en Quintanar de la Orden, allá por los años setenta, competían alcohólicamente las fábricas de La Asturiana, Destilerías Rojo (La Rizosa y La Toledana), Rius (Anís del Mono) o El Dorado, y daban empleo a gran parte del pueblo. Es posible que hoy no se entiendan los motivos que condujeron a aquella explosión productiva de anís en un enclave tan peculiar.

Las cosas hay que ponerlas en su contexto, y en los tiempos que se movían los decididos industriales quintanareños se consumía anís a raudales. Los hombres lo desayunaban en el bar cuando aún era de noche, solo, mezclado con café negro, o con coñac en aquel combinado peleón y castizo llamado Sol y Sombra; las mujeres se tomaban su copita de anís tras la comida, o empapaban los rosquillos de la merienda en él; los jóvenes lo mezclaban con hielo para acompañar las partidas de cartas; y a los bebés se los silenciaba con chupetes bien anisados. Diciembre no se comprendía sin anís que ayudase a pasar el turrón, a calentar el cuerpo encogido por las frías rondas callejeras, a aliviar la congelación de las manos ensalivadas para tocar las zambombas, a digerir el pollo de corral en salsa de la cena, y a animar la reunión familiar con el sonido que arrancaba una cuchara del cristal adiamantado de la botella.

He salido a la calle en busca de objetos que den cuerpo a mi nostalgia navideña crónica. He olido el serrín fresco de la carpintería de la calle de la Merced; he visto el espumillón verde y rojo y las bolas de plástico en el escaparate de la tienda de los chinos en la Magdalena; he localizado copos de nieve y estrellas entre las luces de la ciudad; he descubierto en una papelería viejas tarjetas de felicitación dibujadas por Ferrándiz; he encontrado pedazos de musgo en la tapia de un solar; he comprobado que queda gente que sigue montando el Belén con corchos y figuras de su padre y de su madre; me he calefactado los bolsillos con unas castañas asadas en Zocodover. Y, sin embargo, hasta que no he abierto el mueble-bar y sacado la botella de anís para olisquear su perfume seco y dulzón, para beber un trago templado, para rasparla con un cuchillo y arrancarle dos notas como de grillo ronco, no he tenido la sensación plena de que ya estamos en Navidad.


 

LA MILI
La Tribuna de Toledo. 12 de diciembre de 2017.

Venían de una aldea asturiana o de un poblacho manchego, con el cepellón fresco de sus raíces al aire, y se los estabulaba en cuartelones que eran babeles de acentos. Después del viaje y del rapado, el choque más fuerte era afrontar el rancho que igualaba en la mesa la diversidad cultural del país. Los chorizos, quesos y conservas humanizaban la dieta cuartelera, pero los paquetes enviados por las madres siempre se quedaban cortos. Esto me lo ha contado mi hermano, que cumplió con la patria en aquel Cerro Muriano de Córdoba “donde el agua era tan escasa que te afeitabas con cerveza”.
 
La mili fue un acontecimiento clave en la vida de generaciones de hombres, con su punto de trauma, de aventura y, en algunos casos, de despertar. Por eso es recurrente la conversación sobre el mes de campamento y el año de cuartel, y las batallitas acerca de las maniobras, las guardias y la forma de escaquearse de las tareas más duras que, curiosamente, lo cuente quien lo cuente, siempre le tocaban a otro. Las juras de bandera, el mal carácter del sargento de turno, las siestas en la garita o las patatas peladas en la cocina son un runrún que retroalimenta a los protagonistas y desespera a los que no hemos tenido la dicha de vivir esas experiencias.



Mi anécdota preferida se ambienta en el contexto de unas maniobras. Un grupo de soldados en medio del campo, con un vacío creciente en la barriga y nada que echarse al diente en el macuto. A un tiro de piedra, unas chumberas cargadas de fruto. Gente mezclada, muchos de ellos de tierras ajenas al calor impactante de la mitad sur de la península, acostumbrados a los bosques de coníferas y pinos, que sólo sabían de la existencia de cactus por las películas del oeste. Y mi hermano. “¿Alguien tiene hambre? Las chumberas están hasta arriba de higos chumbos maduros. En mi pueblo nos los comemos y son muy dulces”. Y varios muchachos que no se lo pensaron y corrieron hacia las chumberas y cogieron los higos con las manos desnudas y se los llevaron a la boca. Lo que nunca me ha llegado a contar mi hermano es cuánto tuvo que correr después.

Suenan tambores que plantean la vuelta de la mili. Que tenía unos valores que hay que recuperar, dicen.


 

MAREAS
La Tribuna de Toledo. 5 de noviembre de 2017.

Dependiendo de la hora a la que llegues, la playa normanda de Arromanches te deja ver una parte o todos los pedazos llenos de herrumbre del muelle artificial que las tropas del Desembarco se trajeron desde la costa inglesa. La marea lleva las aguas marinas hasta el borde del pueblo o las retira muy adentro para que los curiosos paseen entre las piezas del mecano inglés. Este juego del escondite también ocurre en Dunkerque, aunque en este caso, si se tiene la paciencia de esperar a la marea baja, lo que se ve son los restos de alguna de las embarcaciones hundidas por la aviación alemana.  
Normandía es una gran chatarrería de la Segunda Guerra Mundial. Incluso se puede contratar una excursión submarina para bucear entre jeeps y blindados a seis metros de profundidad. En las orillas, ya sean arenosas o escarpadas, persisten las casamatas y polvorines construidos con hormigón armado. Y los pueblos tienen su tienda de quincallería bélica, donde se puede elegir si te llevas de recuerdo un peine de balas de ametralladora o el botón de la guerrera de un soldado canadiense. Y las carreteras y caminos se amojonan con maquinaria militar abandonada, que sirve como reclamo para hacer una parada y tomarse media docena de fotos y otra de ostras por menos de lo que cuesta una ración de caracoles. Y los enclaves más importantes cuentan con su memorial y su cementerio, mimado hasta el extremo, con los nombres de miles de veinteañeros de cuatro naciones. Francia ha diseccionado su intervención en las guerras del siglo XX, ha enriquecido cada pueblo con un monumento a sus muertos, ha dedicado espacios al enemigo, y como efecto rebote ha conseguido que de la tragedia hayan emergido una población y un turismo cultos que sostienen en buena parte a los pequeños municipios.



En España la marea siempre está alta. Por eso cuesta ver nuestros pedazos de herrumbre, hormigón y hueso. Sólo los cazadores encuentran sentido a la conservación de los búnkers y trincheras. Pero la semana pasada hubo una pequeña alteración en la marea y se declaró Bien de Interés Cultural el refugio antiaéreo de Alcohete, en la localidad guadalajareña de Yebes. La memoria histórica no puede limitarse a un cambio de placas de calles. Las aguas tienen que seguir bajando para apreciar todo ese patrimonio militar que nos habla de cuando nuestros abuelos se mataban.


 

SARCÓFAGO
La Tribuna de Toledo. 28 de noviembre de 2017.
 
Son demasiado jóvenes. Demasiado pibes, que dirían ellos. La mayor parte nacieron cuando tantas cosas ya quedaban fuera de su alcance. Los libros de Julio Verne, por ejemplo, y aquellas veinte mil leguas de viaje con el capitán Nemo. Las películas de la Segunda Guerra Mundial o de la Guerra Fría, otro ejemplo, con Cary Grant, Glenn Ford o Burt Lancaster; títulos que les habrían avisado de los riesgos: Torpedo, Tiburones de acero, Rumbo a Tokio, El zorro del mar, K-19: The Widowmaker, La caza del Octubre rojo. No sé si los tripulantes de submarino ven cine de mar y submarinos o si prefieren películas de montañas, llanuras, caballos y espacios verdes para descomprimirse. Tampoco sé si escuchan a los Beatles.

Son tan jóvenes. El técnico de radar se llama Germán Óscar Suárez y tiene 29 años. La nave se llama ARA San Juan y tiene 32. Son 43 hombres y una mujer, metidos en un pulmón de acero alemán construido cuando sus ocupantes jugaban a la pelota y cantaban que había una vez un barquito chiquitito que no sabía navegar, o ni habían nacido. Y ahora está fondeada a saber dónde y a saber por qué. Los que no somos tan jóvenes lo hemos visto cientos de veces en esas películas que ya no se pasan por televisión. Somos la generación más angustiada por la desaparición del ARA San Juan, la que empatiza con todos esos argentinos apretados en una lata de 66 metros de eslora y sólo 7 de manga, la que es capaz de sentir el descenso del nivel de oxígeno y oler el pánico por encima del sudor de los cuerpos apretados y notar el ahogo en el pecho y la presión de las aguas sobre el casco de la embarcación. Tal vez por culpa de Verne y Poe y el cine en blanco y negro.

La historia es conocida de tantas veces que ha sido contada, pero lo que la hace diferente es que los tripulantes no están en guerra, ni han sido alcanzados por un torpedo nazi, ni huyen de la URSS para buscar una vida mejor, ni aguardan en silencio para no ser localizados por el sonar del enemigo como ya hiciera un aparato similar en la guerra de las Malvinas. La tragedia no viene de un conflicto armado sino de uno generacional: el de la generación que construyó un sarcófago de metal para meter a la siguiente generación en él.


 

GALA DE ANIVERSARIO
La Tribuna. 21 de noviembre de 2017.

El recoleto Teatro de Rojas encendió sus luces para la celebración del veinte cumpleaños del diario La Tribuna de Toledo. Los pies más delicados, equilibrados en vertiginosos tacones cual danzantes de Anguiano, hollaron la alfombra roja que arropaba la escalinata de la entrada. Abundaban las señoras vestidas de diseñadores cuyos nombres y descripción no están al alcance del poco talento de este cronista para la moda. Especialmente bellas, doña Elena Cardenal Montero y doña Mercedes Pulgar Bautista, captaron toda mi atención, motivo por el cual no puedo ofrecer datos fiables de la señora Ministra de Defensa. Salvo interesantes excepciones, los caballeros eligieron sobrios trajes oscuros, confiando el toque personal a sus corbatas, o exhibiendo, los más osados, sus cuellos al desnudo.
 
Los representantes políticos ocuparon con cierta coquetería los primeros asientos del patio de butacas, acompañados por empresarios de éxito y sobresalientes miembros del clero. Completaban el aforo numerosos periodistas y lo más granado de la cultura y sociedad locales, que entretenían la corta espera con sus teléfonos móviles y furtivas miradas a los ocupantes de los palcos, siempre tan enigmáticos. Condujeron la gala Leticia y Justo, él de esmoquin casual, ella con vestido de corte grecolatino en tono azul y traicioneros zapatos plata abiertos.

Hubo momentos para la nostalgia, la historia, el reconocimiento e incluso para citar a Kavafis. El señor Gregorio Marañón, cuyas ausencias de la ciudad se suelen traducir en orfandad cultural, recogió un premio a sus desvelos. Don Federico Martín Bahamontes mostró su erguida estampa y cabello envidiable, al tiempo que tironeó las orejas de los que podrían abrir su museo de bicicletas. El filósofo José Antonio Marina nos privó de su acreditado virtuosismo en el arte de cantar zarzuelas. Doña Teresa Busto agradeció calurosamente un premio que había disparado las ventas internacionales de Airbus hasta cotas desconocidas. Doña Blanca Parra condensó en su discurso más de 40 años de lucha del Hospital de Parapléjicos contra la lesión medular espinal. Finalmente, doña Ana Fernández Pecci valoró con emoción el premio a unos artesanos que no suelen levantar la vista de sus platos y azulejos.  La gala fue amenizada por cantantes  contemporáneos, definidos por la pizpireta pareja de presentadores  como "cauntripop" y "japirock".

Tras la obligada intervención del Presidente del gobierno regional y la foto de grupo, los invitados cruzaron la calle hasta el claustro de la Catedral Primada, decorado idóneo para degustar el vino, los canapés y la música de un cuarteto de cuerda, y para estrechar lazos, ya prietos de por sí, en corrillos tangentes.


 

HASTA LUEGO LUCAS
La Tribuna. 14 de noviembre de 2017.

 Sucedió que un día la tele se puso de parto y de los dolores nació un tipo de 62 años, feo y calvo como el bebé que era pero con unas patillas frondosas que le colgaban de las orejas. Y tan grande era que se llamó a sí mismo Chiquito. Al poco tiempo todo un país le había adoptado y, en contra de lo que es natural, no sólo fue incapaz de aprender a hablar decentemente sino que millones de viejos, jóvenes y niños aprendieron a comunicarse de nuevo y a gesticular como aquella extraña criatura. Dicen que pasó un hambre atroz en su infancia, lo que explicaría por qué se comía la mitad de los chistes y por qué nunca llegaba a compartirlos del todo con su público. Dicen que durante los dos años que cantó fandangos en Japón llegó a hablar japonés peor que los japoneses. Dicen que conoció el amor verdadero a los 18 y lo mantuvo hasta los 80, y que la muerte de ese amor lo había matado cinco años atrás.
 
Tengo alguna que otra amistad congelada en el tiempo, de esas que no han podido ir a más pero se resisten a ir a menos, de esas que no recuerdas durante meses pero se mantienen jóvenes y frescas. Cuando se descongelan un poco me llaman pecadooor de la pradera, y yo las llamo fistro sexuar; me dicen tidacuín con exquisita fidelidad al original y yo les digo que estoy muy malito del duodeno, y juntos acabamos diciendo no puedor, no puedor, e incluso ensayamos un saltito que no llega a despegar los pies del suelo o un jorl que se ahoga en la tráquea, y nos reímos con las ganas preservadas durante décadas, y nos despedimos con un hasta luego Lucas, y sentimos que todo va bien y que podemos seguir atrapados en la veintena mientras guardemos esos códigos no secretos.



Se nos ha muerto Chiquito de la Calzada; se nos ha muerto con 85 años el hombre que nació para España hace 23, el genio del humor que contaba los peores y más incomprensibles chistes que se han inventado jamás, y que brillaba con todo su poder en las imitaciones del carnicero cuando te servía cuarto y mitad de magror, del butanero cuando se excusaba por no subirte la bombonar hasta el áticor, o del policía cuando sacaba su libretar de multas. Hasta la vista, Condemor, cabalga hasta el rancho de Bonanza.


 

URBANA 6
La Tribuna de Toledo. 7 de noviembre de 2017.

 La neolítica, la francesa, la del proletariado, la industrial; incluso hubo una en China que se llamó cultural. Revoluciones ha habido muchas y, con frecuencia, fueron cruentas. Una de las revoluciones más beneficiosas y tranquilas fue la del empleo del estiércol para engordar a los tomates y a las berenjenas. Quién iba a pensar que la mierda pudiera transformarse en cosas tan gustosas y de tanto provecho. La última revolución en esta onda tuvo lugar el pasado 26 de octubre. Sobre las heces esparcidas por la crisis de las cajas de ahorro nació un embrión; sobre los riscos más afilados y desnudos, sobre el oleaje más agresivo y resacoso, se ha levantado un faro. Los revolucionarios han tomado de forma inusualmente pacífica y contractual (no son okupas) las antiguas instalaciones de la sucursal nº 6 de la cadavérica Caja de Castilla – La Mancha, les han dado un lavado de cara, y han transformado el significado del antiguo nombre para crear un espacio cultural en el viejo corazón de Toledo.
 
Urbana 6 es un balón de oxígeno para los que nos ahogamos con los aires reconcentrados de sepelio que barren la ciudad. Al frente del asunto está Javier Manzano Fijó, poeta. Sólo un poeta se puede prestar a ser agricultor o farero, a experimentar y sufrir la soledad, el aislamiento, el azote de los elementos, con tal de que la semilla enraíce y la lámpara no se apague. Urbana 6 no tiene persianas ni cortinas, ni letra pequeña ni cláusulas suelo. Desde la calle, los transeúntes pueden ver su luz y pegar la nariz al cristal, y decidir si son de los que cruzan la puerta o de los que se quedan tras el escaparate. En el cuarto de escobas permanece cerrada la caja fuerte, como el corazón delator de Poe, para recordar a todos los interesados de dónde venimos y adónde no queremos regresar.



En estos tiempos de redes sociales alérgicas al contacto físico, de cultura enlatada o enmohecida, de cierre temprano de los bares, de calles desiertas a las seis de la tarde, de agendas repletas de asuntos y vacías de amigos, de sustitución de las tertulias y los debates por escuetos mensajes de texto adobados con repeticiones de emoticonos simplones, el proyecto de Urbana 6 es revolucionario. Por eso, espero que no se quede sólo en una abundante cosecha de tomates y berenjenas.


 

MIEDO POR DULCES
La Tribuna de Toledo. 31 de octubre de 2017.

 
La casa era vieja, las paredes de adobe, la puerta de hoja partida con gatera. El interior, penumbra. En el portal estaba la tienda con un mostrador corrido y los mejores caramelos metidos en tarros de cristal. Lingotillos de menta envueltos en papel que se llamaban Saci y se vendían por puñados, chicles Bazooka que tenían un cromo bajo la envoltura, y chupa-chups Kojak de cola, fresa o café, y regalices negros de disco, bolsitas de aceitunas en su jugo, capirotes, y un caramelo parecido a un habano de dos palmos que sabía a fresa profunda y era exclusivo del lugar.

Tía Silveria regentaba el negocio. Me crea o no, tía Silveria era de poca alzada, coja de nacimiento por una malformación del pie, tenía el pelo blanco recogido en parte con horquillas negras, alguna que otra verruga de grandes dimensiones, y una boca desdentada que se hundía proyectando la barbilla hacia delante y emparentándola con Popeye. Silveria vestía de riguroso luto con mandil, hablaba alto y algo cascado, y tenía unos ojos saltones, húmedos y claros, y unas manos deformadas por la artrosis.

Pese a cumplir todos los requisitos para salir en un cuento de los Hermanos Grimm, por pocos años que tuvieras, si eras del pueblo, no le tenías miedo a la viejita Silveria; tampoco le dabas importancia a las corrientes de aire gélido que parecían proceder de la cueva; no te asustaba la casa vetusta y oscura, ni apercibías las telarañas de los rincones, ni te inmutabas cuando un gato invisible se restregaba en tus canillas. Nada de eso. Lo que daba miedo de verdad era el tío Paco, un anciano reseco con unas larguísimas barbas blancas que tenía aversión a los pijamas y vivía tumbado en una cama, y que era un altavoz enciclopédico de todas las maldiciones habidas y por haber.

Nos asomábamos a la puerta, apartábamos la cortina y llamábamos con suavidad a tía Silveria para que saliese de la cocina y le diese tiempo a llegar renqueando al mostrador, antes de que el viejo se despertase encolerizado y nos mostrase su desnuda estampa de profeta bíblico recortada en el cerco. Por experiencias como esta me gusta Halloween. No haga caso a los detractores de la fiesta del terror. Mucho antes de la invasión de los zombis americanos, en un remoto pueblo español, los niños ya intercambiábamos miedo por dulces.


 

QUEIMADA
La Tribuna de Toledo. 24 de octubre de 2017.

Laura dibuja. Laura ilustra cuentos para niños. Laura es dulce. Laura ha cambiado su icono de Whatsapp. Es uno de sus dibujos. Se ve un paisaje con árboles, con montañas, con casas entre los árboles y las montañas, con llamaradas que lo envuelven todo. Se ve una chica que se eleva sobre todo ello, sobre los árboles, sobre las montañas, sobre las casas, sobre las llamas. La chica tiene el pelo largo, y un vestido sencillo con un volante en el repulgo, y las piernas emparejadas, y un colorete en la mejilla, y una lágrima en la mejilla, y sus brazos alejan y sostienen un corazón recién arrancado, y del corazón chorrea sangre, sangre roja, sangre negra. Y encima de la chica hay una palabra. La palabra que hay encima de la chica es “queimada”. La queimada se hace con una olla de barro y un cucharón para remover; se hace con orujo, con azúcar, con granos de café, con cáscara de limón. Con una cerilla. Se prende fuego al líquido del cucharón y se mete en la cazuela, y se remueve, y se lee un conjuro que viene en la botella y que empieza: Mouchos, coruxas, sapos e bruxas; demos, trasgos e diaños; espíritos das neboadas veigas, corvos, pintegas e meigas; rabo ergueito de gato negro e todos os feitizos das menciñeiras...  Y se miran las llamas, que son bonitas y huelen a alcohol y azúcar y café y limón tostado. Y se bebe lo quemado y se cuentan historias de meigas que haberlas haylas. Galicia es tierra de marisqueiros, de camino, de castros, de vinos y de bosque. También de fuegos, lumes y queimadas, y de brigadistas y bomberos en paro. Laura es gallega. La queimada del dibujo de Laura huele acre, y ahoga, y las llamas dan terror, y se prende con un globo de helio y una bengala, y tiene llantos dentro, y hombres muertos dentro, y mujeres muertas dentro, y perros y otros animales muertos dentro, y cuando se consume la lumbre las madereras se comen los carbones y escupen a los muertos. Laura es la única gallega que conozco. Por eso le pongo un mensaje. Le digo pero qué les pasa a los gallegos que queman su tierra, ¿algún virus? Me dice mucho hijoputa, hablando rápido. Le digo pero nunca se acaban. Me dice stock infinito. No le digo más. No me dice más. No hay más que decir.
 
 
 




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