LA ESPADA DE MADERA

175.- DISTINCIONES
La Tribuna de Toledo. 17 de octubre de 2017.

Tengo una pesadilla recurrente. Estoy sentado en la terraza de casa, leyendo algo escrito en los años cincuenta, con una cerveza bien fría sobre la mesa y un platillo de queso asturiano que huele a bebé recién cenado. Acabo de regar los pericones; algunos pájaros silban muchos metros por encima de mi cabeza. Entonces, suena el teléfono y todo se va al traste. “Buenas tardes. Tengo el gusto de comunicarle que le hemos concedido un premio por su contribución a la toledanidad furibunda” o “Es un honor para esta ilustre participarle de la decisión de hacerle miembro de pleno derecho”. Los pájaros pasan a ser abejas africanas, la cerveza se hace Coca-Cola, en la portada del libro aparece el nombre de Dolores Redondo y sobre la corteza del queso leo “La vaca que ríe”. “¿Pero qué es lo que he hecho? He procurado no ir a saraos intelectuales en los últimos diez años”, acierto a balbucear. Y entonces, con gran alivio, me despierto. No se crea que todo acaba ahí, durante buena parte del día cargo con un peso sobre los hombros y una tibia sensación de vergüenza.
Lo de los premios y honores empieza a ser como lo de salir en la tele: antes era tan raro que hacía ilusión; ahora es una tarea de driblador evitar que el mueble-bar se llene con trofeos, pergaminos y estatuillas. Das una charla y te cae un cuadro de azulejos, vas a trabajar a tu hora y alguien te nomina por ser puntual, rescatas un vencejo y Greenpeace te hace una mención en su web. Los laureles se han devaluado y descocado. Atrás han quedado la solemnidad y la cordura que los revestían. No puedo dejar de acordarme de aquellas distinciones de épocas oscuras a la calle mejor decorada, al pueblo más pintoresco, o al héroe que ya nunca más sería anónimo.
Se premia al artesano por no extinguirse, al policía por usar su arma, al periodista por contar su verdad, y al bar por idear una tapa de dos euros con mucho vinagre de Módena. La gente luce en sus solapas la medalla de San Raimundo de Peñafort al lado de la cruz que acredita que ha hecho cinco etapas del Camino de Santiago, y empapela sus paredes con certificados sorprendentes del Guiness, o cartoncillos que acreditan su buen gusto en el adorno floral de su patio durante una festividad. Es extraño ver libros sin la faja que dé cuenta del premio de los libreros, de la editorial, de los lectores que aún no han tenido ocasión de leerlo, o de la asociación de helicicultores y belenistas.
Bajo tanta turbidez honorífica se oculta una triste realidad: la necesidad de ser alguien reconocible en una sociedad anónima, superficial e impúdica. Por todo eso me entreno para responder en sueños a cualquier llamada con un “Lo siento, se ha equivocado de número”, y seguir con el disfrute anónimo de mi birra, mi queso y mi libro de los años cincuenta.


OSTI TÚ
La Tribuna de Toledo. 10 de octubre de 2017.

Ha pasado tanto tiempo que ya no me acuerdo de su nombre. Quemaba los veranos en el pueblo porque su tío Bruno era de allí, y vete a saber por qué algún pariente acabó en Barcelona y allí nacieron él y su hermana, que cuando uno tenía catorce años la otra tendría diez. Ella era parlanchina, gordita, con un hoyuelo en la barbilla. Él no era alto, tenía el pelo negro con flequillo alar y esa mueca socarrona del que se sabe guapo, que tanto gusta a las chicas. Decía muchas veces “osti tú” y rebozaba las palabras con la melaza de un acento que sonaba a chistes de Eugenio. Congeniamos bien, muy bien teniendo en cuenta las supuestas diferencias pueblo-ciudad, Castilla-Cataluña, y esos detalles que importan un bledo cuando eres menor de edad y vives en el paraíso de las vacaciones estivales.

Pese a que mi pueblo tiene río, el ayuntamiento piscina y mi tío alberca, yo no sabía nadar. Él (¿puede que se llamara David?), en cambio,  alardeaba de ser un nadador excelente, formado en un club deportivo de postín, con entrenador y tal, osti tú. Hablaba de piscinas olímpicas cuyo extremo sólo se adivinaba en un lejano horizonte, de marcas superadas a base de educar la técnica y respirar bajo control, de reacción robótica al toque de salida, de crol, espalda, braza y mariposa. Hablaba de un mundo idílico junto al mar, en las antípodas de la reseca tierra toledana que nos reunía una vez al año. Yo le creía a pies juntillas: para alguien varado en tierra, un velocista acuático era poco menos que un ser superior. Él se dejaba admirar y contaba sus gestas en el océano de cloro, y se mofaba del estilo cuchillo ideado por los lugareños para atravesar el Tajo.

Y entonces se organizó una competición en la piscina municipal. Y mi amigo, el campeón, se apuntó. Y con él lo hicieron media docena de nadadores locales y veraneantes. Y yo fui a ver cómo les sacaba una piscina de distancia a todos ellos. Los siete muchachos se alinearon en el borde del vaso. Yo contaba a mi alrededor las hazañas del catalán como si fueran mías y, si hubiese tenido algo más que unos platillos y cuatro canicas en el bolsillo, habría jugado todo mi capital en una apuesta segura. ¿David? sonreía tranquilo, se ajustaba el bañador y calentaba los brazos con molinetes. Cada uno se inclinó a su manera. Esperaron el pitido, saltaron de siete formas diferentes al agua y devoraron el primer largo de veinticinco metros, y luego el segundo, el tercero, y el cuarto. Y el ganador fue el hijo de Juanito el de las camionetas, que era un fenómeno de cualquier deporte que se le pusiera por delante; y luego me parece que llegó Alberto el de Porfi, y Raúl que era grandullón y de Getafe; y hubo que buscar al cuarto clasificado para encontrar a mi amigo, el soñador catalán que se había dado un baño de realidad.

SAPIENS

La Tribuna de Toledo. 3 de octubre de 2017.


Según Yuval Harari, el marxismo es una religión. Tiene libros sagrados como El Capital o El manifiesto comunista, dioses y profetas como Marx, Lenin, Stalin o Mao, una herejía – el trostkismo – y persigue a los no profesos con el fin de convertirlos a la fe verdadera. Sólo por esa analogía merece la pena leer “Sapiens”, la historia de la Humanidad desde la aparición del género homo sobre la faz de la Tierra contada por un profesor universitario de Jerusalén, tan desenfadado como documentado, tan innovador como sensato. Pero el libro tiene muchas más bombas encerradas en sus páginas que detonan con fuerza capítulo tras capítulo, hasta hacer saltar por los aires todos nuestros conocimientos previos en una contundente traca final. Homo sapiens se nos revela como el exterminador de especies, empezando por sus coetáneos neandertales, continuando por las grandes extinciones de mamíferos que seguían a cada una de sus conquistas geográficas, y acabando por el sistema actual de explotación ganadera cuya descripción convertirá de un plumazo a más de uno en vegano. La revolución neolítica aparece como un craso error, tal vez el mayor cometido por el hombre, pues un cazador paleolítico pasó de emplear unas horas al día en proveerse de alimento a dedicar su vida entera a la misma labor, destripando terrones, esclavizado a la tierra, rezando a todos los dioses que pudo idear para que las cosechas fueran buenas, y yéndose a la cama con la preocupación de que algún famélico enemigo le cortase el cuello y saquease sus graneros.


Yuval afirma que el éxito de nuestra especie se debe a la capacidad de inventarnos cosas, mitos, leyendas, historias, fantasías. El dominio del sapiens sólo fue absoluto cuando fue capaz de aglutinarse en tribus, ciudades y naciones de miles de individuos que no tenían por qué conocerse. Y el pegamento de todo eso fue la creencia en cosas que no existen: la jerarquía, la economía, la religión, la ideología, la moral. Todo son convenciones adoptadas en algún momento por el interés de un grupo con el fin de ir más allá, de trascender fronteras, de correr tras la quimera del bienestar. Y el mayor logro de la imaginación fue el dinero. La búsqueda de riquezas hizo posible que Cortés y un puñado de extremeños acabaran con todo el imperio azteca; la confianza logró que Holanda se adueñara de la economía europea en el siglo XVII; la fe consigue que pongas el nombre de Peugeot en un papel y cobre vida (y responsabilidad) al margen de las personas que integran esa empresa.


La larga trayectoria del homo sapiens se desgrana sin esfuerzo en el libro e incluso se aventura un futuro muy próximo en el que, si no la pifiamos antes, nos convertiremos en dioses inmortales gracias a la nanotecnología, la manipulación genética o los implantes robóticos. Puede que le suene a ladrillo, pero ahora que vuelve descansado de las vacaciones, con la tripa repleta y el cerebro en barbecho, es el momento de hincarle el diente.
      

LA MOTTA
La Tribuna de Toledo, 26 de septiembre de 2017.


En 1996 a un joven periodista le llegó el rumor de que una vieja leyenda de los años cincuenta, Bob Satterfield, dormía en el banco de un parque. J.R. Moehringer, que así se llamaba el gacetillero, siguió la pista del que algunos sostienen que fue el mejor noqueador de su generación. Para salir de dudas, llamó por teléfono a una enciclopedia viviente del pugilismo. Como buen italoamericano, Jake La Motta estaba comiéndose una albóndiga cuando recibió la llamada: “¿Satterfield? Excepto él, las únicas personas que me han hecho daño han sido mis exesposas.”


La Motta es el prototipo de boxeador que, gracias al cine, todo el mundo tiene en la cabeza. Un niño criado a puñetazos en la calles del Bronx, que no tenía una técnica muy depurada, con esos brazos abiertos a modo de molinillo, el cuerpo agachado y la cabeza adelantada para frenar todos los golpes que fueran necesarios. Tampoco era un gran pegador, pero ha habido muy pocos boxeadores capaces de encajar como él. Era un hombre sin miedo al dolor, con la cara de piedra, ojos de rendija por la hinchazón crónica, y una protuberancia tumefacta y múltiple que ya no merecía el nombre de nariz. También era alcohólico, violento, aceptó un tongo de la mafia para poder pelear por el cinturón, y se casó con una belleza de dieciséis años a la que mortificó carcomido por los celos. Todo un conjunto de tópicos convertidos en “Toro Salvaje” por Martin Scorsesse, con un sublime Robert de Niro.


Peleó seis veces contra Sugar Ray Robinson, el mejor púgil libra a libra de todos los tiempos. En una esquina el toro brutal, con la testuz por delante, inmune a los golpes; en la otra un artista del combate, un bailarín esbelto con dos brazos derechos cargados de plomo. “He peleado tantas veces contra Sugar, que no sé cómo no tengo diabetes”. Seis combates, una sola victoria para La Motta que tuvo el mérito de ser la primera derrota de la carrera de Robinson. El último de ellos es conocido como “La matanza de San Valentín”. 14 de febrero de 1951. Por primera vez está en juego el título mundial. Trece asaltos de estocadas en el cuerpo del toro. Una roca encogida en el centro del ring y un picapedrero que la percute en círculos. Ese día se escribió el capítulo pugilístico de la historia del cine, aquel que muestra al hombre vencido que se resiste a caer, que vuelca toda su esencia en la planta de los pies para mantenerse vertical como un tentetieso, a pesar de que no le quedan fuerzas para apuntalar los guantes en alto.


Al retirarse montó un club nocturno clausurado por la policía, ofició de comediante, escribió libros y lanzó una empresa de salsa para espaguetis (La Motta´s Tomatta). Sugar, bromas del destino, murió de diabetes y alzehimer. La Motta acaba de dejarnos con 95 años, de una neumonía, con su cerebro bien protegido por dos pulgadas de puro mármol.

ELLOS

La Tribuna de Toledo. 19 de septiembre de 2017.


Pase lo que pase el 1 de octubre en Cataluña, gran parte de los objetivos nacionalistas ya se han cumplido. Parece que los tiempos del robo sistemático y prolongado del clan de los Pujol, la delincuencia organizada en los entresijos del PP o el rescate a los bancos con fondos públicos pertenecen al Cretácico. El expresident es todo un estadista, con cierto sexapil y encantadora dicción, al lado de los especímenes que vemos últimamente en el Congreso y el Parlament. La gota malaya ha terminado por abrir un boquete en la cabeza de los españoles. De entrada, ahora, cuando hablamos de los catalanes, los citamos como “ellos”, diferenciando claramente entre todos los habitantes de las cuatro provincias catalanas, sea cual sea su origen, credo y orientación política, y los que vivimos en algún lugar diferente del territorio español.

Este hecho unificador, esta asunción de la diferencia entre un “nosotros” (que incluye a los pescadores gaditanos, al viticultor manchego, a los trabajadores de astilleros vascos o al quesero asturiano, por poner sólo unos tópicos) y un “ellos”, es un logro espectacular del nacionalismo catalán sobre el nacionalismo español. Ya jugamos con adivinar el futuro y nos imaginamos al Barça en la liga francesa o en un desigual choque contra el Palamós; ya imaginamos a la Unión Europea cerrándole las puertas al nuevo estado; ya aventuramos el nombre de su futura moneda; ya vemos con naturalidad que el castellano sea anecdótico en el parlamento catalán y una rareza en las escuelas; ya consideramos que la estelada remonta sus orígenes a los tiempos de Wifredo el Velloso… En suma, nunca Cataluña nos ha parecido tan nación como hoy en día.

Con el olor acre a naves quemadas, ahora no resulta tan mala idea el cambio de la Constitución para dar cabida a un referéndum legal que, por otra parte, no es en absoluto deseado por los independentistas. El referéndum será tanto más eficaz cuanto más fuera de la ley, la brecha más insalvable cuanto más puentes se dinamiten por el camino. Así las cosas, seguimos empeñados en pensar que habrá un choque de trenes entre España y Cataluña, situando las locomotoras en la misma vía, asumiendo que en realidad se está probando la fuerza de dos estados equilibrados y de pensamiento uniforme, y olvidando lo más importante: que el enfrentamiento real, el preocupante, el dramático, es el que existe entre la mitad independentista de la población catalana y la otra mitad de los catalanes que no lo es, entre los que copan las calles y los que se refugian o inhiben en sus casas, entre los que vocean y los que guardan silencio, entre los que harán todo lo posible por meter su papeleta en la rendija de una urna el 1-O y los que no tienen la menor intención de hacerlo. La historia, aunque parezca inédita, es muy vieja. Y, los ejemplos abundan, suele conducir al final infeliz del totalitarismo.
       


EL HIDRÓGENO Y LA ESTRELLA
La Tribuna de Toledo. 12 de septiembre de 2017.


Las estrellas se alimentan de hidrógeno. Se apagan según se agota el hidrógeno y brillan con luz cegadora cuando lo tienen en abundancia. Robert Oppenheimer consiguió reproducir una estrella en la Tierra y encerrarla en una carcasa de metal y la llamó bomba atómica. Perdió la ocasión de bautizarla como “Estrella de la muerte”. El columnista Julio Valdeón decía el martes pasado que Kim Jong-un sueña con pintar estrellas de hidrógeno en el cielo de Manhattan. De momento, la última detonación coreana ha suministrado una inyección de combustible a Ri Chun-hee, una vieja estrella de la comunicación que permanece encerrada en un silo de plomo y se reactiva cada vez que muere un presidente coreano o revienta un misil atestado de megatones.

Corea del Norte me fascina desde que leí “Pyongyang”, un cómic en el que el canadiense Guy Delisle cuenta su estancia en la capital coreana como supervisor de dibujos animados. Es un país de película de miedo, pero a lo Scary Movie, que proyecta una imagen continua de opereta y que tiene una inusitada capacidad para crear estrellas mediáticas, desde el actual presidente y su padre hasta ese español caricaturesco que es Alejandro Cao. Va a ser verdad aquello de que las radiaciones, como el sueño de la razón, provocan el nacimiento de criaturas monstruosas.

Ri Chun-hee es lo más adictivo que he visto desde los anuncios de cuchillos de la teletienda. Aparece en la pantalla con su vestido tradicional rosa, clavas la vista y estás perdido. Con ella, todos entendemos coreano. La señora pasa de modernidades como el teleprompter, se confía a un puñado de folios de los que casi no levanta la vista, y lanza un discurso de doble filo: si eres coreano te hincha de orgullo patrio y de indignación hacia el extranjero opresor; si eres extranjero opresor te sientes como si hubieras hecho pis en una alfombra persa y su dueña te estuviese dando papirotazos con un periódico enrollado.

Formada como actriz, inmune a todas las purgas que acabaron año tras año con sus compañeros de noticiario, Ri Chun-hee ha logrado sobrevivir gracias a su innegable talento para la actuación; el mismo talento que vemos en las lágrimas de cocodrilo del pueblo coreano cada vez que entierra a su dictador, o en la expresión desbocada de alegría de aquel anciano vestido de militar que levanta los brazos como si Asensio hubiese metido un golazo, con un ojo puesto en el monitor que muestra el vuelo exitoso de un cohete y el otro ojo desviado hacia el amado líder para ver si tiene que agudizar sus manifestaciones de euforia.

Ri Chun-hee es la maestra de la vara de avellano bajo cuya mirada nos escurríamos hasta las profundidades del pupitre, la mujer ideal para transmitir el mensaje al presidente de los Estados Unidos: “Trumpito, perro malo, ahí tienes un supositorio atómico para que te vayas enterando de que no puedes levantar la pata y hacer tus necesidades en mi casa”.

Ha renacido una estrella. Una gigante rosa.


























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