LA ESPADA DE MADERA

166.- RESILIENTES
La Tribuna de Toledo. 15 de agosto de 2017. 

Somos unos diez mil. Desde que nos levantamos, nos ponemos el uniforme de resilientes. Muchos trabajamos fuera de las murallas. Salimos a la calle, nos montamos en nuestros vehículos o en los autobuses urbanos, conscientes de que la vuelta no será tan cómoda. A la hora de comer encontraremos los mismos autobuses abarrotados con la gente que ha desembarcado en el AVE, llegaremos unos minutos más tarde al hogar porque nuestro automóvil tendrá que amoldarse a los grupos de asiáticos que bloquean las calles, o a los inconscientes que se paran en medio de la carretera para sacarse un selfie con la Puerta de Bisagra de fondo. Si es fin de semana, procuraremos no mover el coche porque, perdido el privilegio de la zona verde, nos arriesgamos a no volverlo a aparcar.
Tiramos nuestra basura por los suelos, a la usanza del tercer mundo, aguantamos su hedor y a las cucarachas y gatos, porque los contenedores rompen el ambiente medieval. Los días de gran fiesta nos resignamos a pedir permiso a las masas para que nos permitan entrar y salir de nuestra casa, y le rogamos al policía municipal de turno que nos autorice lo mismo, confiando en nuestra suerte para que nos toque alguien razonable. Convivimos con las palomas y limpiamos sus heces de las ventanas porque nunca hay presupuesto para controlar su población. Pagamos mucho más por comernos unas carcamusas o bebernos un tercio; cosas de la oferta y la demanda. Cada veinte metros nos detenemos sin perder la sonrisa ante alguna pareja de despistados que nos aborda en inglés y nos enseña un mapa.
Siempre que hay que montar un sarao, cedemos las plazas y perdemos su disfrute y nuestra placidez en beneficio de los visitantes. Asistimos estoicos a la enésima mejora de las cuatro calles turísticas, a las inversiones en escaleras mecánicas y aparcamientos disuasorios. Nos acostumbramos a ser una especie en extinción y a no tener la posibilidad de alquilar un piso decente a un precio razonable, porque hay que ser tonto para no aprovechar la rentabilidad del alquiler de fin de semana. Vemos cómo nuestros impuestos se gastan en llamar a más y más gente, nuestras calles se anegan con la chatarra metálica de los bares, y las tiendas de barrio son leyenda. No nos sorprende que los barrenderos se empleen a fondo en recoger la suciedad generada por extraños, y no tengan tiempo de pasarse por la miríada de callejuelas que sólo conocemos nosotros. Somos diez mil sosteniendo un hormiguero de tres millones.
A cambio de todo ello, un puñado de negocios resplandece y personal poco cualificado cobra el salario mínimo. En esta situación, parece que estamos abocados a elegir entre dos opciones. La lógica: abandonemos el casco y, si tenemos la suerte de tener una vivienda en propiedad, transformémosla en apartamentos turísticos. La pérfida: convirtámonos en fanáticos odiadores de turistas, creemos un partido nacional-egoísta y reclamemos con violencia el fin de tanto disparate. Cada vez encuentro más difícil explicar por qué la mayoría seguimos empeñados en abrir una tercera vía: la de la fe en un futuro mejor.














12+1
La Tribuna de Toledo. 8 de agosto de 2017.


El taller de Manolo estaba a la vuelta de la esquina. Grande, oscuro, grasiento. En las paredes, fotos de mujeres sexys y posters de motos. Íbamos a curiosear las entrañas de los utilitarios, a ver cómo el barrigón del mecánico se metía debajo de un coche, a recolectar las bolas de los rodamientos rotos y los recortes de acero para arrastrar cromos, a llenarnos la boca con el olor del gasoil y las manos de aceite usado. De cuando en cuando, Los Bravos cantaban en la radio: “Quiero una motocicleta que me sirva para correr y una camiseta que tenga el número 100”. Cuando volvíamos a la luz, agarrábamos las bicicletas poseídos por la fiebre de la velocidad y pedaleábamos con furia mientras hacíamos ruido de acelerones con la boca. Como el campeón.
Ángel Nieto ganó su primer campeonato del mundo cuando yo intentaba dar mis primeros pasos. Lo hizo con una moto que se diferenciaba poco de una bicicleta chula con carcasa, que se arrancaba a la carrera y que podía superar los 120 kilómetros a la hora. Cuando me sostuve sobre una bici, él ya era el motociclista más importante del mundo y todo un ejemplo a seguir. Lo tenía todo para convertirse en estrella popular: era pequeño y fibroso, melenudo y retador, de Vallecas, un hombre que encajaba de pleno en el ambiente que se vivía en el pueblo con adolescentes que arrancaban las mangas a sus camisetas de Bruce Lee, trasteaban con nunchakus y agujereaban los tubos de escape de sus Montesas, Derbis y Bultacos para que el ruido les transportase a los circuitos mundiales.
En una España acostumbrada en demasía a las derrotas, hombres como Bahamontes, Mariano Haro, Paquito Fernández Ochoa, Manolo Santana y Ángel Nieto eran una rareza. Mitos nacidos en el mismo país que nosotros por esas bromas del destino pero que, en el fondo, eran patrimonio de un mundo más ancho. Con Ángel Nieto salíamos a ganar con la tranquilidad del que apuesta sobre seguro, mientras apurábamos con calma las mirindas y los pimientos fritos frente a un televisor que no tenía colores, ni mandos a distancia, ni más cadenas que dos a tiempo parcial.
Ángel fue un hombre de números: 12+1 títulos mundiales repartidos entre los 50 y los 125 cc, 26 campeonatos de España, 90 victorias, 17 huesos rotos y, sobre todos ellos, el 1 que lucía en los laterales de su moto. Un número 1 al que se encaramaron varias generaciones de pilotos que han hecho de nuestro país el dominante en todas las categorías del motociclismo. Y él estuvo allí para verlo y contarlo desde la cabina de los comentaristas. Corrió mucho, corrió veloz, por eso la muerte sólo le pudo atrapar por detrás, a los setenta años, montado en un quad (pariente gordo y degenerado de las motos) y cuando frenaba.


POTTER
 
 
 
 





La Tribuna de Toledo. 1 de agosto de 2017.


El veinte aniversario de la publicación del primer libro de Harry Potter me ha sorprendido en la estación de King Cross. Allí tiene lugar uno de los episodios más famosos, cuando Harry tiene que tomar el tren que le llevará a Hogwarts en el misterioso andén 9 ¾. Hace mucho que la industria del ocio atrapó entre sus fauces la fértil imaginación de J.K. Rowling y la transformó en una papilla apta para el consumo masivo. En una pared de King Cross han colocado medio carrito portaequipajes simulando que atraviesa el muro por arte de magia. Hay que hacer una larga cola para posar bien agarrado al carro, con una pierna levantada, una varita mágica en la diestra, y la bufanda de tu casa preferida (Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw, Slytherin) que un asistente sujeta por la punta para hacerla flotar mientras un empleado entusiasta dispara su cámara y grita “Beautiful!” Luego devuelves la bufanda, buscas la salida por una puerta que te conduce al interior de la tienda de Harry Potter, pagas 9.5 libras si quieres la foto impresa, y te ves encajonado entre una multitud ávida por comprar ropa, llaveros, tazas o bolsos. Si se pone empeño, incluso se encuentran libros.
De vuelta a casa, cuando vacié la calderilla de los bolsillos, pensé que me la habían colado. 50 peniques relucientes. En el anverso la cabeza coronada y actualizada a los noventa años de la reina; en el reverso el busto de un conejo con chaqueta, las orejas erguidas, y el letrero “Peter Rabbit”. En 2016 se cumplieron 150 años del nacimiento de Beatrix Potter y lo celebraron acuñando una serie de cinco monedas con algunos de sus personajes.
Beatrix vino al mundo en una familia de ricos herederos que vivían con holgura de las rentas. Desde pequeña le interesaron los animales, los estudió con ahínco, los dibujó con la perfección de un naturalista, y un buen día decidió escribir un cuento, ilustrarlo y probar suerte. Corría el año 1902 y no estaba bien visto que una mujer se metiera a cuentista, de modo que las puertas de las editoriales se fueron cerrando con estruendo en sus prominentes narices. Hasta que un editor se arriesgó (más bien se enamoró) y le publicó “The tale of Peter Rabbit”, y fue un exitazo, y se hicieron novios. Pero, en contra de lo que sucede en los cuentos, aunque no faltaron perdices en su mesa, no fueron felices porque los padres no consentían que su hija se relacionase con un individuo que necesitaba trabajar para subsistir.
A Peter le siguió una cohorte de animalillos con su historia propia (ardillas, ratones, erizos, ranas, patos, cerdos) hasta sumar 23 libritos deliciosos que la enriquecieron lo suficiente como para comprar una granja y tierras en las que pasar la vejez. En las historias de Beatrix Potter no hay más magia que la de la naturaleza, más varitas que el mango de un rastrillo, más tinieblas que la penumbra de las madrigueras, ni más sorpresas que las producidas por un gran talento para el dibujo y la narración infantil. Por eso reivindico la figura de la Potter original, la que lleva más de un siglo en las librerías. A ver si lo igualas J.K. Rowling.



163.- AQUELLAS TARDES PERFECTAS
La Tribuna de Toledo. 25 de julio de 2017.

La tarde perfecta con ocho años era quedar en casa de Ramón Masa. Tenía fábrica de cerámica y el patio, inmenso, olía al humo dulzón de los hornos. Su madre nos daba de merendar como nadie y nosotros nos tirábamos en el sofá, las persianas bajadas por el calor, para ver Espacio 1999 con Martin Landau doblado al mejicano y una mutante maquillada a brochazos que se transformaba en abeja o en monstruo-tortuga.
Con quince años, la tarde perfecta era quedar con Ángel Laña y Juande Puchero en el bar del Peco, que olía a serrín y aceitunas, comer dos sardinillas en aceite, beber un chato de vino, jugar a las máquinas, hablar de tonterías y recordar aquellas series de televisión en las que siempre salía Martin Landau, y rematar en el pub Still, que era lo más del momento, con sus sillones mullidos, sus cartas de cafés, y una pantalla gigante donde se proyectaban vídeos musicales.
Una tarde perfecta con treinta años fue en compañía de Antoñito Casado en el cineclub municipal. Ponos nos anticipaba que la cinta que íbamos a ver contaba la vida de Ed Wood, el peor director de cine de la historia. Apestaba a ambientador de sala y a moqueta aspirada. Martin Landau interpretaba a un decrépito Bela Lugosi, consumido por el olvido y por las inyecciones de felicidad que se ponía en el brazo.
Una tarde perfecta pasados los cuarenta fue con mi mujer y mis hijos en el centro comercial. Compramos palomitas y coca-cola. Olía a golosinas, a mantequilla y sal, a ambientador de sala de nuevo. La película era Frankenweenie, de dibujos animados de Tim Burton. Pero nos perdimos los tonos graves de Martin Landau imitando a Vincent Price porque estaba doblada.
No fueron tardes aisladas. Hubo muchos episodios de Espacio 1999 y más meriendas en casa de Ramón Masa, o de Tuti, el hijo del médico, y pachangas en la calle con Moncho, Casto, Andresito y los demás, y hubo muchas noches de familia concentrada ante el televisor con un plato de croquetas recién salidas de la sartén, para disfrutar de Misión Imposible con un Martin Landau buenísimo que se disfrazaba como Mortadelo; y cien reposiciones de “Con la muerte en los talones” de Alfred Hitchcock, con un Martin Landau malísimo que le pisaba los dedos a Cary Grant en el filo del Monte Rushmore; y otras tantas de “La historia más grande jamás contada” con un Caifás-Landau gigantesco; y reposiciones de Colombo o Bonanza disfrutados con compañeros de piso.
En esta ocasión, no sé si es la muerte de Martin Landau a los 89 años lo que me apena o la sensación de que, sin Landau como ancla, aquellos amigos dejados en el camino, el bar del Peco, del Pollo o del Chano, las meriendas, los olores, y todas aquellas tardes perfectas empiezan a alejarse a una velocidad preocupante.
 


162.- SOBRE RUEDAS
La Tribuna de Toledo. 18 de julio de 2017.
Me gusta leer. En contra de lo que la gente cree, los escritores solemos disfrutar mucho más leyendo lo de otros que escribiendo lo nuestro. Hace algún tiempo leí la biografía del tenista André Agassi. Se titula “Open” y está escrita por un periodista americano que se llama J.R. Moehringer, tan discreto que ni siquiera ha puesto su nombre en la portada. No es que Agassi me resultase un tipo interesante, ni mucho menos simpático, pero el libro es tan bueno que ahora me cae muy bien.
He visto que están a punto de colocar una estatua de Bahamontes sobre una bicicleta en el Miradero. Una iniciativa de la Fundación Soliss, preocupada por inmortalizar su figura y hazañas. Imagino que estará feliz. Es complicado ser reconocido en la tierra de uno y tal. El bronce resistirá a las inclemencias del tiempo, y por lo que deja ver la maqueta, la escultura no es muy fea. Ahora bien, no me negará que las estatuas son objetos fríos. Algo así como el retrato de bodas que no es capaz de transmitir lo que ha sido la vida de los novios antes y después del clic de la máquina de fotos. ¿Se puede resumir una vida en un instante encima de una bici?
He buscado aquí y allá y he visto que algunos escritores ya le han dedicado libros. Pero yo echo en falta una biografía diferente, que supere lo deportivo, que vaya saltando de la infancia a la vejez, que intercale chispazos de juventud, anécdotas de niño y reflexiones maduras del que fue el mejor del mundo en lo que se propuso. Un largo viaje por calles y cuestas, con cántaras de leche, cámaras, bombín y parches, escalando montañas de primera categoría o alzando la persiana de aquella tienda en la Magdalena; un recorrido emocionante que nos permita levantar el velo que los triunfos del Águila de Toledo han arrojado sobre el resto de la vida de Federico.
Entonces es cuando me he acordado de Agassi: la gracia de su narración es que el relumbrón vanidoso de las victorias queda en un segundo plano para facilitar que, bajo la cáscara del mito, aflore el hombre. Ese es el libro sobre Federico Martín Bahamontes que me gustaría tener en la mesilla de noche. Yo estaría dispuesto a ofrecerle un año de vida para poder escribirlo, pero me temo que si esta oferta llega a sus oídos y pregunta por ahí le dirán que mi tope semanal son 500 palabras. Así que yo cumplo regalándole el título y diciendo que Moehringer es el indicado. Con ese sí que iría el trabajo sobre ruedas y las ventas a todo gas. Tal vez los de Soliss tengan los medios para llevar el proyecto a buen puerto. Estaría bien.
161.- LO SANO
La Tribuna de Toledo. 4 de julio de 2017.
Miguel llevaba un rato encajonado en la despensa, entre las botellas de leche y la tabla de la plancha. Movía cosas de los estantes. ¿Qué andas haciendo? –le pregunté, y me contestó que se estaba leyendo los componentes de las cajas de cereales (tenemos de varias clases) en busca del aceite de palma. “Sólo puedo comer éstos, los Kellogs normales”, concluyó. La epidemia de lo sano se nos ha colado en los hogares y está arraigando en las mentes más jóvenes. No sé qué extraño lobby ha iniciado la campaña pero la está llevando adelante con eficacia. Las galletas Oreo se han convertido en bocados del averno que deforestan el otro extremo del mundo y, de paso, nos inoculan un veneno letal en las arterias. Si Miguel cae en la tentación del dulce, basta recordarle que la Nocilla tiene la sustancia prohibida para que se lance sobre una rodaja de melón para neutralizarla (eso sí, después de haber rebañado hasta el último goterón de chocolate).
Me contaron que en Archanda (Vizcaya) hay un gran complejo hospitalario que fue levantado para dar servicio a los clientes de varias mutuas de seguros, y abandonado hace años por falta de rentabilidad. Veinte mil metros cuadrados de edificio, con una cancha de baloncesto que podría servir de campo al Baskonia, quirófanos descomunales, zonas de rehabilitación y espaciosas habitaciones. El cierre del lugar fue acompañado de la típica degradación básica del mismo, el saqueo de todo lo saqueable, y la invasión de la maleza del monte con sus sagutxus y kakarraldos que reclaman lo que un día fue suyo. De cuando en cuando  se cuelan los cazadores de psicofonías y algún alevín de director de cine de terror con su cámara de vídeo, fascinados por el retumbar de las pisadas en los largos y alicatados pasillos, y por la leyenda que acompaña a los sanatorios de cualquier tipo como recipientes que rebosan de almas en pena. Pruebe a teclear en su buscador “Fantasma hospital Artxanda”, por si mi descripción se le queda corta.
Durante algún tiempo, en el sótano del edificio residió un vagabundo. Las huellas siguen ahí: un colchón tirado en el suelo, las paredes decoradas con posters y pintadas, una amplia colección de botellas apuradas con esmero. Y un libro. Se puede imaginar sin mucho esfuerzo a nuestro hombre, respondiendo con un encogimiento de hombros a los cuentos de terror y a los sonidos sospechosos de su gigantesco hospital privado, con la espalda apoyada en la pared, dándole un trago a la botella de ron, acurrucado en el abrazo de una manta vieja y enfrascado en la lectura de su libro de cabecera. Quien me contó la historia asegura que el libro se titulaba “Come sano para vivir mejor”.
160.- CALOR

La Tribuna de Toledo. 27 de junio de 2017.


La noticia es el calor. La llegada del verano antes de su hora, sin avisar, como el familiar maleducado que se presenta en casa y ve las camas sin hacer y la pila llena de platos sucios. La noticia es la lluvia de pollos de paloma, vencejo y gorrión abatidos por un sol que deja pegatinas de plumas y tripas sobre los adoquines. La noticia es la apertura de las piscinas, la eclosión de los huevos de mosquito, las quemaduras y los sofocos, los vaporizadores de agua, el cambio de la ropa en el armario, las arandelas de sudor en las axilas y la exposición indiscriminada de pies desnudos. La noticia es el cambio climático, el falso milagro de caminar sobre los pantanos de la cabecera del Tajo, el apocalipsis de fuego y humo que ha matado a decenas de portugueses dentro de sus coches. La noticia es que en los colegios no se puede estar, que los niños se marean y levantan la mano para ir al baño a mojarse la cabeza bajo el grifo en lugar de hacer pis.
Según los barrios, la ciudad huele a pescado podrido, a basura orgánica, a cieno fluvial, a apareamiento de cucarachas, a sumidero reseco, a neumático calcinado. Al aceite refrito de los calamares. Las conversaciones dan vueltas en torno al termómetro: mi piso es un horno, no he podido pegar ojo, voy a sacar a mi hijo del instituto, el volante está de no tocar, vaya veranito nos espera. El calor aplatana, nubla la razón, desgasta y atonta. Durante tres meses sestearemos ante el televisor, arrullados por los naufragios de las pateras en el Mediterráneo, el conteo constante de las mujeres asesinadas y de los ciclistas arrollados, las comparecencias de viejos gobernantes en juicios por corrupción, los atentados por atropello en Europa y los atentados por granizado de metralla lejos de Europa, las soflamas recalentadas a fuego lento de los nacionalistas catalanes, el runrún de las promesas de un cambio que nunca llegará, o la desorientación como de boxeador sonado que tienen los ingleses.
Dudo que a alguien le importe el descubrimiento del nido de ratas que es el fraude fiscal de las estrellas del fútbol, el tratado de libre comercio con Canadá, o la genialidad de Donald Trump de aprovechar la insolación mejicana para generar electricidad limpia con la que financiar su muro fronterizo. Seguro que este año también hay noticia de un gran hallazgo en Atapuerca y de los paseos gallegos de Mariano Rajoy con las canillas blancuzcas al aire. Pero lo único que conseguirá despertarnos el interés y alejar el sopor será el pronóstico del tiempo con su mapa lleno de soles gordos y tal vez, sólo tal vez, el posado en bikini de Ana Obregón. La noticia, resumiendo, es el verano.





CORPUS
La Tribuna de Toledo. 20 de junio de 2017.

Sólo salí a dar una vuelta tempranera por las calles. Me apetecía ver la ciudad engalanada, pasear bajo la sombra del palio y aprovechar uno de esos raros días que el casco histórico huele bien. Llevaba una semana con la fragancia de las alcantarillas metida en la nariz (que no llueve y eso) y quería comprobar si el tomillo había vencido a la peste. Y las sillas, no me podía perder esa curiosidad marciana de modelos entremezclados y atados con una cuerda. De modo que salí, vi, olfateé, escuché la retransmisión por los altavoces, toqué algún que otro hombro para pasar, y me di la vuelta cuando me cerró el paso el batallón de cadetes de la Academia que iba apostando vigilantes como en una ruleta rusa: a ti sol, a ti sol, a ti sol, a ti sombra, a ti sol… Decidí que era el momento de esconderme en casa y hacer como los toledanos de pata negra, hombres austeros que prefieren ver la procesión delante de la tele y con una cerveza fresquita en la mano antes que asomarse a la ventana. El Corpus, como el fútbol, se ve mucho mejor en una pantalla.

De vuelta estaba cuando tuve la fortuna de encontrarme con dos buenos amigos que me cambiaron el día. “Anda, vente, que vas a ver el Corpus como es debido.” Y así atajamos dando rodeos para evitar las cadenas de gente afianzadas a su puesto como si les fuera la vida en ello. Y llegamos a Zocodover, y entramos en una casa torre de las que valen su peso en oro en estas ocasiones, con cinco alturas y balcón en cada una de ellas, y nos asomamos a uno con un toldo sobre las cabezas y agua fresca a demanda. Y, en efecto, vi el Corpus como se tiene que ver, a vista de vencejo, con las mantillas blancas y las mantillas negras, las gorras de plato, los bonetes, los pelucones dieciochescos y las ilustres calvas pasando por debajo. Saludando discretamente a los conocidos y preguntando a discreción por los desconocidos. Hermandades, niños de comunión, seminaristas y curas vestidos con casullas de tiempos ancestrales, maceros, guardias civiles condecorados, y cosas extrañísimas como un grupo de niños vestidos como pequeños Mozart, o el porteador de una muñeca con el mismo corte de pelo que la Nancy (la muñeca, no el porteador), o el cadete que se había traído a la familia para que le abanicase el colodrillo y le diera botellines de agua con permiso del policía militar. Y la plata y el oro de la Custodia de Arfe desafiando al plomo del sol. Y los políticos, inevitables, fuera de contexto, con bastones de madera, aquejados de narcisismo y mirando hacia los balcones en busca de reconocimiento social y algún aplauso por caridad.
Abandonamos el piso, culebreamos por las callejuelas descubriendo vías de paso ocultas entre las mesas de las terrazas de los bares, entramos en la Catedral, y nos elevamos de la mano del músico que percutía las teclas del órgano del Emperador, hasta tener la trompetería y las bóvedas góticas al alcance de la mano. Con lo que a mí me gusta quejarme y este año ni siquiera era fiesta en Madrid.



HÉROE
    

La Tribuna de Toledo. 13 de junio de 2017.

Todos queríamos un sancheski. Eran de madera, estrechos y pesados, pero estaban de moda, una moda que había cruzado el océano para quedarse aquí. No pensábamos hacer piruetas con ellos, sólo subirnos y deslizarnos más o menos en línea recta y cruzar la plaza de parte a parte. Mis padres se negaron en redondo a que yo tuviera uno porque les parecía peligroso. Después del berrinche de pequeño, se me quitaron las ganas porque el chisme evolucionó junto a la moda de los pantalones carcelarios, las pintadas de aerosol en las tapias y el rap, y nada de eso iba conmigo. Lo curioso es que cada vez eran mayores los que se pasaban la vida sobre las tablas, niños viejos de gorras de visera con una zapatilla más desgastada que la otra.
Me gustaban los cómics de la Marvel. Los superhéroes y el universo de Stan Lee, Spiderman y Los Vengadores, La Patrulla X y el Capitán América. El villano era poderoso; el bueno más listo y ganaba. Para mantener interesados a los lectores, surgían personajes nuevos cada día. Ya no saben qué inventarse, pensé cuando leí la primera historia de Dazzler. Dazzler era una chica que cantaba en un club nocturno y que patinaba muy bien. Su poder consistía en transformar la música en luz; por eso siempre llevaba un transistor encima, para poder enchufarlo a todo trapo cuando se encontraba con un malo, y convertir las notas musicales en fogonazos que lo cegaban, y rematarlo mientras rodaba a su alrededor a toda velocidad sobre sus patines de cuatro ruedas. Era algo ridículo, casi tanto como aquellas primeras aventuras del Hombre de Hierro en las que patinaba vestido con su armadura rojigualda en lugar de actuar como se esperaba de un ser invencible.
La forma de pensar cambia. A veces muy despacio, tanto que un día te preguntas en qué momento variaste tu opinión sobre la religión, el aborto, la política o la estética. Otras el cambio es veloz, como un destello, como un patinador que te rebasa con un zumbido mientras caminas. Desde hace poco más de una semana he dejado de ver a los tipos talludos que quedan en un parque para hacer equilibrios sobre un monopatín como niños grandotes. Dazzler ya no me parece una heroína salida del mal momento creativo de un guionista. Tengo claro que no es cuestión de edad, aspecto, ni de poderes extraños. El último gran héroe no llevaba un escudo impenetrable, ni podía volar como Silver Surfer, ni siquiera tenía un nombre chulo que poder plantar en una camiseta. Y no, no era un niñato grande de pantalones caídos, sino un hombre de verdad, de carne y hueso devorado por la circunstancia, de los que no se paran a pensar que una tabla con ruedines es una broma frente a tres asesinos con cuchillos pegados a las zarpas. Un héroe desnudo de artificios, de los que mueren. Se llamaba Ignacio Echeverría y patinaba.
 








 






EL CULPABLE
La Tribuna de Toledo. 6 de junio de 2017.

El mismo día que Donald Trump manda a paseo el Acuerdo de París contra el cambio climático va y se muere Fernando Medina, el que fuera tantos años el hombre del tiempo de la tele. ¿Casualidad? Para nada. Es evidente que el hombre con el flequillo más comentado desde Robert Mitchum es el responsable de todos los males del planeta. Cuando Donald se despierta, muere un cachorrito de oso panda. Sin duda, algo habrá hecho desde su sofá de piel de foca monje para que millones de personas nos hayamos resistido con encono a cambiar nuestro coche diesel por uno eléctrico. No encuentro mejor explicación que la poderosa mano del presidente a los aceites y detergentes que discurren por esa sopa primigenia en la que se han convertido nuestros ríos. Algo huele a elefante republicano en el cementerio nuclear que se construye en Villar de Cañas. Hay quien asegura que al anochecer, sobre la balsa de residuos de Doñana, si repites tres veces el nombre de Donald, se aparece una calavera y puedes ver con claridad las barras rojas y blancas y las cincuenta estrellas alineadas de los Estados Unidos. Fuentes fidedignas me informan de que en los campos de Gálvez, henchidos hasta rebosar de los purines de las granjas de cerdos, cuando hay luna llena los grillos parecen cantar: “Oh say, can you see, by the dawn's early light, what so proudly we hailed at the twilight's last gleaming…”

Maldito Donald que nos destruye el planeta. Ha sido instalarse en la Casa Blanca y el verano se nos ha adelantado. ¿Este calor ya desde mediados de mayo? ¿La sequía prolongada que vacía nuestros pantanos? ¿Las bolsas de basura de los vecinos ocultando el Pozo Amargo? ¿El amoniaco de los orines y los cagajones de los gatos abandonados? ¿El amianto del Polígono? Trump. Los efluvios de los aires acondicionados. Trump. El nuevo continente formado por millones de envases de plástico. Trump. La deforestación del Amazonas, el aceite de palma, los polos derretidos, los osos blancos escuálidos, la caza de las ballenas, la muerte de la barrera de coral australiana, el exterminio de las posidonias del Mar Menor, la lluvia ácida sobre China, los hongos del álamo blanco, el parásito que ha atacado al olmo de Layos, los efluvios radiactivos de Chernobil, los huracanes que barren el Caribe, las flatulencias que me entran cada vez que como fabada asturiana. Trump, Trump, Trump, Trump y Trump.

Es el momento de reaccionar. Veamos, ¿qué podríamos hacer contra el monstruo? Un boicot. No se trata de renunciar a lo que América nos ha dado; las hamburguesas, las cocacolas y los vaqueros ya son patrimonio de todos. Es tan sencillo como llevarle la contraria: vamos a usar el transporte público, a no tirar el aceite por el fregadero, a llevar los residuos al contenedor adecuado, a desenchufar los aparatos que no usemos, a cerrar el grifo cuando nos lavemos los dientes. Pero hagámoslo cuando vayamos de viaje a los USA, que aquí no nos hemos salido de ningún tratado internacional.


 
156.- MOORE, ROGER MOORE.

La Tribuna de Toledo. 30 de mayo de 2017.


La nave de la casa de mis padres estaba ocupada en su mayor parte por un almacén de sacos de cemento, yeso y cal. Las paredes estaban empapeladas con los posters que mis hermanas iban arrancando semana tras semana a las revistas de chicas. Allí estaban la estrella del rock Suzi Quatro, el elenco de Jesucristo Superstar, cantantes guapos, actores aún más guapos. La gente se quedaba boquiabierta ante el espectáculo cuando alguien venía a comprar unos cuantos sacos y abríamos el portón de la calle. El Paseo de la Fama en El Puente del Arzobispo. “¿Y ese quién es?”, preguntaban al azar. Yo, que me los sabía todos, contestaba: “El de los pelos es Ted Nugent”, “Lorne Green, de Bonanza”, “Lee Majors, el hombre que valía seis millones de dólares”, “George Peppard, Banacek.” Por otros nadie preguntaba, se daba por supuesto que eran como de la familia: Telly Savalas “Kojac”, Conchita Bautista, Bruce Lee, Camilo Sesto. Y el de los ojos azules (con permiso de Paul Newman).

En la montañosa Suiza ha muerto Roger Moore. Los noticiarios le han recordado como el hombre que sustituyó a Sean Connery en la piel de James Bond. Moore fue recibido con gusto por las féminas porque, las cosas como son, Connery sólo empezó a ser atractivo cuando envejeció, perdió el pelo y se dejó la barba. Hasta entonces tenía el aspecto de un hombre rudo de las Highlands que busca a su oveja extraviada o pesca corégonos en un lago. Moore era distinguido, creíble al lado de mujeres como Jane Seymour, Barbara Bach o Maud Adams, y su inmarcesible sonrisa lograba que todos olvidasen sus limitaciones como actor. Quizá haya sido el más flojo de los 007 (tenía fobia a las armas y usaba dobles en las carreras porque tenía un correr anátido) pero también el que tenía más personalidad, algo que incluso se dejaba ver en su desprecio por el sobrevalorado Martini con vodka, o en el consumo desmedido de montecristos. También hay que reconocerle su decisión de quitarse de en medio cuando las chicas de las películas tenían una edad que distaba eones de la suya. Con Moore, 007 se aligeró, se atildó, se convirtió en un producto para todos los públicos, un pomposo nenúfar en la charca, y eso para muchos devotos de la testosterona es insufrible.

En la nave de casa, durante las tardes de verano, jugaba con el balón. Estampaba la pelota de goma contra las caras congeladas de la pared. Toma, Manolo Otero. Toma, Leif Garret. Toma, Joan Baez. Toma, Janis Joplin. Al llegar a la mirada azul de Roger Moore desviaba el lanzamiento. No porque fuera un agente al servicio de Su Majestad con licencia para matar, no. Lo evitaba porque aquel hombre era Simon Templar, El Santo. Y ya se sabe que en los pueblos, en cuyas cocinas sigue colgando el calendario zaragozano, nos permitimos muy pocas bromas con los asuntos divinos.



155.- FERIA DEL LIBRO

La Tribuna de Toledo. 23 de mayo de 2017.


Uno tiene la sensación de película del oeste revenida, con esa calle atrapada por dos hileras de edificios endebles de quita y pon. Las casetas son feas, de otro tiempo; los letreros también. Ganarían mucho si no fueran todas iguales, si hubiese alguna nota de color (o de blanco) o vinilos diseñados por ETR, o globos y lunares chillones, o garabatos de niños. Qué sé yo. De ese modo, es posible que la sensación de tristeza que transmite la feria del libro de Toledo se apaciguase.

“Antes esto era una fiesta para los toledanos – me dice una de las libreras -, subía todo el mundo a charlar, a encontrarse. Hace años que han dejado de venir.” Uno de mis amigos que más lee me asegura que se ventiló el paseo literario en quince minutos y en ningún momento sintió la apetencia de comprar. “¿Y qué le pides tú a una feria de libros?” “No te sabría decir, algo diferente.” “Estuve diez minutos esperando a que me atendieran, pero en la caseta estaban saludando a unos amigos y no me hicieron caso”, me dice otra damnificada.

Este año firmé libros. Mi editor me dijo que si me parecía bien, le contesté que por supuesto, envió un correo a la organización, hubo silencio. En la web del ayuntamiento se publicó que tenía asignados día y hora. Ninguna referencia de la caseta a la que iría. Nadie me avisó. Por fortuna, Natalia me hizo un altarcito en La Madriguera de Papel. Tuve suerte (mucha suerte). Otros colegas desbrozaron una esquina donde pudieron y fueron confundidos con dependientes.

Hablo con una talaverana. ¿Qué tal vuestra feria? Bien, pequeña pero llena de autores de relumbrón. ¡Y los clubes de lectura! Se reúnen siempre en la feria y tienen una gran implantación en la ciudad. “Pues nosotros este año tenemos a Chencho Arias”, le digo en voz bajita.

No hay muchas librerías en la ciudad. Después del cierre de Balaguer para ser engullida por una tienda de yogures helados, casi no queda ninguna que sea especial. Este año, las cuatro librerías más potentes comparten una caseta gigante. Unen libros, caja y personal. ¿Dónde están los cómics, dónde Mortadelo, dónde Aldecoa, Sánchez Ferlosio, Delibes, Umbral? Me dicen que ni siquiera han tenido que molestarse en elegir los libros, que es cuestión de una llamada y el distribuidor de turno les suministra un “pack-feria” con lo que se tiene que vender. Un nuevo empujón a los lectores con inquietudes para que se busquen la vida en Internet.

En conclusión (con el ánimo de que no se me enfaden mis amigos libreros), la culpa de otra feria mediocre habrá que echársela al tiempo inestable, a que la gente no lee, al libro digital, a que los toledanos son rarunos y a que los turistas son pobretones.



154.- UN LUGAR SIMBÓLICO

La Tribuna de Toledo. 16 de mayo de 2017.


Tras una agria y sangrienta lucha contra el infiel, el Estado Islámico Africano ha vencido. La fe verdadera ha obtenido la victoria final; gracias a la imprescindible colaboración de potentes aliados internacionales y al apoyo de los descontentos nacionales. En esta ocasión, la caprichosa Historia ha dado un vuelco y la última de las Cruzadas tiene bandera islámica. Los pabellones del victorioso ejército ondean a lo largo y ancho de los Estados Unidos de América. Tras ejecutar a miles de derrotados y arrojarlos al Hudson para prevenir cualquier sublevación, el califa ha ordenado la construcción de un grandioso monumento que perpetúe la memoria de los que cayeron en la gloriosa Yihad.

“Es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido, y que constituyen lugar de meditación y de reposo en que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que legaron un mundo mejor”, recitan todos los noticiarios. “A estos fines responde la elección de un lugar simbólico donde se levantará el templo grandioso de nuestros muertos para que, por los siglos, se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y del Califato. Lugar perenne de peregrinación, en que lo grandioso de la ciudad ponga un digno marco al lugar en que reposan los héroes y mártires de la Yihad.” Por ello, se elige como sitio de reposo, donde se alzarán la Mezquita, el Ribat y la Madrasa, la finca conocida como Central Park, en el barrio de Manhattan de la ciudad de Nueva York, declarándose de urgente ejecución las obras necesarias al efecto.

Las cárceles se vacían de prisioneros de guerra y presos no comunes para que, en número de 20.000, rediman sus penas con trabajos forzados. Se excava una gran cripta para enterrar con honores y preeminencia los restos de Osama Bin Laden y de los dos heroicos pilotos que estrellaron sendos aviones contra las torres gemelas del World Trade Center. Como ejemplo de reconciliación y perdón, desde Afganistán, Irak o Siria llegan los restos mortales de los abatidos bajo fuego americano; se abren las tumbas de las víctimas de los atentados del 11S y se depositan en una gran fosa común junto a los trabajadores fallecidos en el curso de las obras. Un total de 33.872 combatientes de ambos bandos que, gracias al efecto de la humedad y de la presión, acaban formando un único, gigantesco e indisoluble estrato cálcico. El conjunto se remata con una media luna de 150 metros de altura, la más grande del orbe, para que millones de personas puedan contemplarla y recordar de este modo la hermandad que une a vencedores y vencidos. Un poeta es el encargado de ponerle nombre: Valle de los Caídos.




153.- GATOS Y PALOMAS

La Tribuna de Toledo. 9 de mayo de 2017.


En el corral de la Policía Local hay una colonia de gatos callejeros. Aunque algún alma caritativa les da de comer, deben de pasar hambre. Dos palomas picoteaban el suelo. A tres metros de distancia, uno de los gatos aguardaba su momento agazapado, con paciencia, moviendo los músculos al ralentí, con la esperanza de que las palomas se pusieran a tiro. Después de diez minutos, el gato dio un paso demasiado evidente y las palomas volaron. Esta vez el felino se quedó con un palmo de narices, pero no dudo de que si las palomas no cambian sus hábitos acabarán cayendo en sus garras.

Habrá quien siga creyendo que la victoria de Emmanuel Macron en las presidenciales francesas es un gran triunfo. Francia, la de la Revolución, la de la Liberté, Egalité, Fraternité, la del Tour y Eurodisney, la de la selección de fútbol mestiza, ha votado por el menos malo de los candidatos. Pero existe otra Francia, que escapó a las ideas de la Enciclopedia, al discurso del buenazo de Rousseau y le dio la espalda a Voltaire; que se rindió a los nazis y propició el gobierno colaboracionista de Petain; que vuelca camiones en la frontera y arruga la nariz cuando se cruza con un extranjero en su suelo patrio. Esa Francia es la que da miedo porque ha conseguido meter a su candidata en la final y echarle el aliento a la nuca del vencedor. Puede que a Marine Le Pen se le haya escapado entre las uñas el sillón presidencial, pero ha obtenido un resultado que poco tiempo atrás no se atrevía a soñar. Será cuestión de tiempo, tal vez necesite unos años más, pero si algo que a mí se me escapa no lo remedia, Marine será presidente de Francia. Aupada sobre los hombros de los agricultores, ganaderos, obreros y desempleados.

La esperanza que nos puede quedar se basa en el peculiar sistema electoral francés y en que las grandes ciudades no se abandonen a la molicie y hagan cola para votar. Eso o que Macron se revele como un dirigente extraordinario. En caso contrario, los pueblos pequeños, les villages fleuries, los núcleos rurales en los que se produce el mejor fromage, se inflama el foie de las ocas o se elabora una estupendo vin rouge ganarán la batalla y harán saltar las costuras de Europa. La Europa de la Unión está dejando paso a la vieja Europa de la descomposición, de los nacionalismos, de la multitud de estados que sacan los dientes para roznar trozos de frontera.

Al menos media docena de curiosos observábamos la estrategia del gato. A ninguno se nos ocurrió hacer nada. Nos parecía emocionante ver en qué acababa todo aquello, creíamos que las alas le daban una cómoda ventaja a la paloma y, en el fondo, el gato nos resultaba simpático.



152.- LUCIA

La Tribuna de Toledo. 2 de mayo de 2017.


Tengo una aventura sentimental. Sucedió como suceden estas cosas del amor loco, por casualidad, a través de un amigo que un día se la encontró en una librería y pensó que me venía como anillo al dedo. Esta es Lucia, dijo. Se escribe sin tilde porque es norteamericana, de Alaska. El idioma no será una barrera porque vivió mucho tiempo en Santiago de Chile. Es guapa, con ojos azules que viran al gris y que distraen de su espalda retorcida por la escoliosis. Ha vivido mucho y fracasado siempre, pero tiene una voz única que se te mete bajo la piel y vibra con un cosquilleo entre placentero y molesto.

Cuando estoy en el trabajo rellena mis descansos, rememoro la foto en la que está muy joven, sonriente, sujetando un cigarrillo con la mano izquierda apuntada hacia arriba y hacia atrás, o me asalta alguna de las frases que me ha deslizado en el oído. Quedamos en mi casa cuando la familia no está, o tenemos encuentros furtivos en el coche o en un parque. A veces nos sentamos en el sofá y me quedo embelesado durante una hora mientras la dejo hablar, y ella me cuenta historias macabras de cuando era una niña y ayudaba a su abuelo dentista en El Paso. Otras veces subimos a la terraza y nos recostamos en una butaca entre las plantas moribundas y las deyecciones de los vencejos; allí habla de sus problemas con el alcohol, de la primera vez que la internaron en una clínica de desintoxicación, mientras arde en deseos por un trago y siento su aliento dulzón perfumado de Jim Beam. Los mejores momentos los reservamos para la cama, con la luz de la mesilla encendida, tumbados sobre la colcha. Háblame otra vez de la época en la que te ganabas la vida como mujer de la limpieza, le digo, de tus horas en el asiento de un autobús o de una lavandería, de aquella vez que desnudaste a un jockey azteca en la habitación de un hospital, de tus divorcios, de la vida en esa roulotte, del desierto.

Intento alargar el idilio todo lo que puedo, pero sé que la pasión tiene los días contados y que ella sólo me concederá cuarenta y tres momentos. Me dice que no piense en el futuro, que vivamos el presente como si no hubiera un mañana, y que, si pongo de mi parte, aún tiene reservadas otras treinta y tres historias en inglés. Puede que no me esté haciendo bien, me noto ansioso por saber qué pasará la próxima vez que estemos juntos, de qué humor la encontraré, si será una niña gamberra, una joven glamurosa o una vieja precoz con resaca y enganchada a una bombona de oxígeno. También me está volviendo posesivo. La quiero sólo para mí, pero cada vez hay más gente que ha oído hablar de Lucia Berlin. Ay, me costará un mundo devolverle a Óscar su “Manual para mujeres de la limpieza”.



151.- ASEDIO

La Tribuna de Toledo. 25 de abril de 2017.


El pronóstico del tiempo no hacía presagiar nada bueno. El miércoles tomé las precauciones básicas para la supervivencia. Me abastecí de leche, huevos, aceite y latas variadas. Dejé aparcado el coche y me despedí de él como el que abandona al perro en una gasolinera. La policía ya había desplegado las vallas en los accesos y principales calles de la ciudad, la grúa iba y venía muy ocupada, los autobuses se agolpaban junto a las escaleras mecánicas. Por fortuna, el libro que había pedido me llegó antes del cierre de la oficina de Correos. Di un último paseo por las callejuelas, miré con nostalgia a los bares, compré pan y me encastillé en casa con doble vuelta de llave.

A tiempo. El rumor no tardó en convertirse en fragor: las hordas habían llegado. Conversaciones, explicaciones, chillidos, risas, quejas que atravesaban la débil barrera de los cristales y entraban en mi salón para recorrerlo una y otra vez. Hombres, mujeres y niños de veinte nacionalidades comentaban la curiosidad de la placa de cerámica que hay sobre el dintel de mi puerta, la que anuncia que está asegurada de incendios, mientras algunos de ellos intentaban demostrar que en la ciudad las casas son decorados y tocaban el timbre o golpeaban la aldaba con fuerza.

Salía lo más temprano posible para estirar las piernas, y volvía a tiempo para no ser acribillado a preguntas por los viajeros perdidos en su búsqueda de sinagogas, catedrales y alcázares. En tres ocasiones tuve que cruzar la ciudad para responder a la invitación de otros amigos refugiados. La arteria que une Zocodover con la Catedral estaba taponada; en Santo Tomé no se cabía; aquí y allá había grupos comiéndose un bocadillo casero en el suelo; una pareja daba un donativo a un guía pirata. Olor a crema solar. Yo procuraba hacerme invisible, pegado a las paredes, camuflado en las sombras, para no romper aquella estética de parque temático tan lograda.

Me hice con un programa detallado de las procesiones con el fin de evitarlas. En la medida de lo posible, claro: dos de ellas pasan de madrugada bajo el balcón de casa. Este año decidí quedarme en la cama y hacer como que no existían. Fue inútil. La procesión de la noche del jueves, que de toda la vida ha ido en silencio salvo por el toque cansino de un tambor, decidió innovar. En lo más profundo de mi sueño, a las tres y media de la mañana, dos cornetas sopladas por pulmones atléticos me sentaron sobre el colchón con taquicardia.

Tras cinco días amaneció un martes laboral. Calles vacías, aire limpio, alguna papelera reventada, goterones de cera roja sobre los adoquines, mi coche cubierto de cagadas de pájaros. De aquí a nada es el Corpus.



150.- UNA HISTORIA DE PRIMAVERA

La Tribuna de Toledo. 18 de abril de 2017.
 

Para celebrar que era primavera en el Instituto Padre Juan de Mariana, la directiva había organizado una serie de actividades sorpresa en el salón de actos. A la entrada, dos estudiantes disparaban sonrisas a quemarropa y repartían boletos de papel. Ocupamos nuestros asientos hasta completar el aforo y, para entretener la espera, todos curioseamos nuestro boleto, lo abrimos, y vimos que dentro estaba escrito el nombre de un color. Casi todos tenían el azul; yo el verde. En mi fila no había más verdes. Eso es que te ha tocado algo, me dijeron los amigos. Se levantó el telón y desfilaron compañeros caraduras que se creían dotados de algún pequeño talento: uno, tocado con un sombrero a lo Tamariz, hizo algunos trucos decentes con una baraja francesa; otro imitó con cierta gracia a José María García (Buenaaas eeeeh nochesss) y a Jesús Hermida y su tupé; alguno se animó a contar chistes manoseados.

A los mandos estaba una pareja de COU que marcaba las transiciones de los números y hacía méritos para ser admitida en alguna facultad de periodismo. Entonces, cuando el público ya estaba caldeado, desvelaron el misterio de los boletos. –A todos se os ha dado un papel. Dentro está escrito el nombre de un color; los afortunados que tengan el verde que vengan al escenario –dijeron engolando la voz. Me levanté, recorrí la fila sorteando rodillas y recibiendo palmadas en el costado, salí al pasillo, y me uní a otra veintena de agraciados que apretujaban su papelito con ilusión. Juntos hicimos que el escenario se quedara pequeño. –Elegid una pareja. Habéis sido seleccionados para un concurso de baile. Los ganadores recibirán un jugoso premio. En cuanto estéis listos sonará la música y ¡a bailar!

Al menos la mitad estaba emparejada antes de que los presentadores hubieran acabado de dar las instrucciones. El resto nos miramos sin saber muy bien qué hacer. Avancé hacia una preciosidad de labios gruesos que me sacaba una cabeza y que parecía haberse quedado petrificada en un rincón, le cogí la mano, se encogió de hombros. Sonó la primera canción, un tema nasal de los Hombres G: “Sufre mamón, devuélveme a mi chica o te retorcerás entre polvos pica-pica”. Comencé a moverme al ritmo de la música mientras, a mi alrededor, tres parejas virtuosas se adueñaban del concurso con sus piruetas. Los presentadores tenían la encomienda de ir eliminando a las peores parejas con un discreto toque en el hombro. “Marta tiene un marcapasos que le alegra el corazón”. Los bailarines profesionales se mantenían, los mediocres iban desapareciendo, el escenario cada vez tenía más huecos, y yo aguantaba el tipo de forma asombrosa, sobre todo teniendo en cuenta que a) no sé bailar y b) mi compañera en ningún momento había despegado los pies del suelo. La miré a los ojos –melados, melosos–, miré al jurado –burlón–, dejé caer los brazos y me quedé inmóvil durante unos segundos eternos, hasta que sentí el toque en la espalda. “Has sido tú, chica cocodrilo”, culpaban los Hombres G.



149.- VEINTE AÑOS NO ES NADA

La Tribuna de Toledo. 11 de abril de 2017.


Ya les queda poco, pero mis hijos pequeños me siguen llamando desde el cuarto de baño para que vea la pompa de jabón que acaban de conseguir. Tienen las manos llenas de espuma y la pompa vuela uno o dos segundos hasta que estalla sin dejar rastro. Espera, dicen, otra más. Es una de las pocas cosas que les van quedando de la niñez profunda. Ya no se ponen una bolsa de basura encima de la ropa y hunden los dedos en los botes de témperas para pintar folios abstractos, ni se calzan el único par de zapatos de tacón de su madre, ni juegan con el maletín de maquillaje, aunque de cuando en cuando les da por hacer un baile tonto en el salón o recuerdan el Romance del prisionero que memorizaron hace un par de años. Supongo que lo espontáneo es efímero y la expresión libre de las emociones es algo transitorio. Cuando veo mi foto sobre aquel escenario, vestido con unos leotardos marrones que me había prestado mi prima, declamando ante el público, no me reconozco. El tiempo nos deposita una costra de pudor que sepulta la creatividad.

Claro que hay gente inmune a todo eso. ETR, los faranduleros toledanos, han cumplido veinte años de existencia y lo cuentan en una exposición que han montado dentro de un agujero que a alguien se le ocurrió llamar “Cámara bufa”. Juan Carlos Villacampa, que es el comisario uniformado con bandana, dice que le gusta el sitio porque ellos siempre han trabajado en subterráneos y porque bufa le recuerda a bufón (a mí me suena a Bufo bufo, que es el nombre científico del sapo europeo; seguro que a Rosana Braojos, gran estrella de la compañía, le haría gracia porque pensaría en princesas que dan besos a batracios). El recorrido de la exposición está contado a base de escenas que intentan convertir lo inmaterial en palpable. Inmateriales son las ideas hasta que se garabatean en la servilleta de un bar, la luz hasta que (a falta de diamantes, zafiros, esmeraldas y rubíes) se la atrapa en unos acetatos giratorios de colores, el sonido hasta que se lo doma en un diálogo, o la imagen de un proyector hasta que choca contra un telón de tiras de plástico de pintor.

En la exposición hay apuntes de sardinas que se resisten a llevar la cola alta, dólares con George Washington pintarrajeado con gafas y barba (porque el dinero es necesario pero no reverenciado), vestidos que escaparon del cuaderno de bocetos y se hicieron realidad con telas, tijeras, aguja y mucho hilo para acabar colgados como murciélagos después de cien funciones, zapatos, zapatones, zapatitos, peluches, pompas de jabón endurecidas en metacrilato que protegen escenarios diminutos sobre montes de harina, una peli en blanco y negro con tres emociones por minuto, y el fondo de la caverna en la que bailan las coloridas sombras de Platón, mientras oímos a alguien que dice que se comería dos huevos con morcilla. Todo se toca, se oye, se ve, y los afortunados que fuimos a la inauguración también olimos y degustamos biscotes con almogrote.

Si usted es como yo, de los que se dejó lo mejor en el camino por la ridícula obsesión de madurar, si le da vergüenza disfrazarse, cantar, bailar, escribir cosas absurdas, pintarse la cara en Carnaval, dibujar un elefante o soplar burbujas en el Nesquik, ya está tardando en ver la propuesta de ETR.



148.- METABOLISMO

La Tribuna de Toledo. 4 de abril de 2017.


Queridos hermanos:

Ya sabéis los años que llevo dándole vueltas a la muerte del abuelo Hipólito. De verdad que he hecho todo lo que he podido para comprender por qué acabó electrocutado en el campo de concentración de Güsen. He leído todo lo que ha caído en mis manos, he visto un sinfín de documentales y artículos de prensa, y he visitado todos los lugares en los que estuvo desde que salió de España en 1939 hasta que murió en 1941. Había llegado a un punto muerto, ya no era capaz de averiguar más cosas, pero ahora todo ha cambiado. Una señora, tan lista como para llevar media vida viviendo de la política y medio paisana nuestra de Talavera de la Reina, nos ha regalado una explicación novedosa. Ella dice que tiene un metabolismo muy lento que le hace engordar a poco que se descuide, pero lo lleva a gala como una ventaja genética enorme porque, con poquito que coma, se siente capaz de subsistir cual dromedario que atraviesa el Sáhara chupando las reservas de su joroba. Asegura que si hubiera vivido en los tiempos del Holocausto, cuando los nazis mataban de hambre a los judíos, ella hubiese sido una de las supervivientes gracias a su metabolismo especial.

Así las cosas, os escribo para contaros que gracias a esta mujer se nos abre una nueva perspectiva a la hora de abordar las razones de la muerte del abuelo. El exilio tras la guerra, su internamiento en media docena de campos de concentración, sus avatares en definitiva, tal vez no fueron los desencadenantes de su muerte. La culpa, ahora lo veo claro, la pudo tener su enorme falta de previsión y sentido común. La brillantez de la teoría de la talaverana me hace muy fácil seguir su hilo argumental para explicarlo todo. El abuelo tenía que haberse llevado unas buenas botas katiuskas y guantes de goma de los gordos para estar bien aislado y no electrocutarse al tocar la alambrada. Los desgraciados a los que los perros de los nazis les devoraban los genitales podrían haber solucionado el problema con un buen silbato de esos que emiten ultrasonidos molestos. Aquellos obligados a saltar por un precipicio de sesenta metros en la cantera de Mauthausen deberían haber desplegado sus camisas a modo de paracaídas, como se puede ver en todas las películas de dibujos animados, y no olvidarse de flexionar las piernas al tocar suelo. En cuanto a los congelados por el frío invernal, habrá que pensar que fueron muy imprudentes por no echar una rebequita de lana en el macuto cuando salieron de excursión fuera de España.

Por favor, si veis a los parientes de Marcos, Eulalio y Benito decidles que si hubieran aguantado la respiración mucho, mucho, mucho, como si tuvieran que cruzarse la piscina del pueblo buceando y volver, es muy posible que hubieran salido por su propio pie de las cámaras de gas.



147.- ANIMALADAS

La Tribuna de Toledo. 28 de marzo de 2017.


Una vez atrapé un gorrión que volaba mal; luego cogí una bobina de hilo de color -marca La Gitana, creo- de las que tenía mi madre en el cesto de costura, y le hice un nudo en la pata para poder pasearlo por el patio. El patio era estrecho y muy largo, con algunas macetas y rosales, y el pájaro daba un salto y un revoloteo con cada uno de mis pasos, siempre detrás de mí. Yo acompañaba el movimiento con un tirón suave de la bobina que agarraba con la mano derecha. Entre dos tirones noté la desaparición del peso, miré el hilo que colgaba roto a la altura de mis rodillas, y acerté a ver el borrón de un gato por el rabillo del ojo. Por eso vuelan los gorriones, concluí. Es la primera lección referente a la condición animal que recuerdo. Después aprendí muchas más.

Las hormigas se vuelven locas y se pelean hasta la muerte cuando les arrancas las antenas, se ve que pierden la posibilidad de comunicarse. Los alacranes se suicidan si les rodeas con hierba seca y la prendes fuego. Los rabos arrancados a las lagartijas se mueven como látigos en miniatura durante un tiempo increíble. Al cangrejo hay que agarrarle las pinzas cruzadas para poder caparlo con tranquilidad antes de cocerlo vivo. Si tiras del tendón adecuado, puedes abrir y cerrar los dedos de una pata de pollo, y rascarte la cabeza con sus uñas. Los perros tienen mucha dificultad en separarse cuando follan, aunque les persigas a pedradas. Al cerdo se lo mata hundiéndole un cuchillo grande en la yugular para que se desangre y se puedan hacer las morcillas. La gallina que es vieja y ya no pone huevos hace una buena pepitoria y un mejor caldo, basta con retorcerle el pescuezo con un movimiento decidido. Para desollar un conejo es suficiente con hacerle un corte transversal en el lomo, meter los dedos y tirar como quien desgarra una camiseta. La muerte del conejo de granja es extraña porque acontece con un collejazo seco en la nuca mientras se le sujeta por las orejas para que se esté quieto. La vejiga natatoria de los peces de río es plateada y reluce al sol. A las perdices les gusta comer saltamontes de los gordos siempre que estén vivos, por eso el tío Peco nos los pagaba a peseta y alimentaba de esa manera a las que tenía enjauladas.

Un montón de conocimiento inútil de cuando los animales no eran nuestros amigos, ni semejantes, ni tenían sentimientos, ni eran buenos o malos sino sólo animales. Ahora los chavales no hacen esas cosas tan crueles. Se conforman con grabar palizas con sus teléfonos móviles, las etiquetan con un nombre en inglés, y las suben a la red. Que es mucho más civilizado, cosmopolita y tecnológico.



146.- CORRE CABALLITO

La Tribuna de Toledo. 21 de marzo de 2017.


En las películas de vaqueros, el caballo va al galope. Corre cada vez más. Corre, corre, corre. Con espumarajos en los belfos. Corre, corre, corre. El jinete tarda en reaccionar y cuando tira de las riendas ya no hay nada que lo pare. La bestia no siente el bocado porque está enloquecida por la velocidad. Una sola cosa se puede hacer con un caballo desbocado: cortar las correas que lo atan al carro y dejar que se pierda solo en la pradera. Si eso no es posible, hay que agarrarse bien y prepararse para la caída que, antes o después, llegará. El caballo desbocado se precipitará por un abismo si le sale al paso, se estampará contra una pared incapaz de verla, o caerá desplomado cuando le estalle el corazón.

Los Estados Unidos de América, cuna del western, deberían saberlo; pero primero se subieron a los lomos de Trump, luego le picaron espuelas, y el animalito empezó a coger distancia, dejó atrás a todos sus competidores, arrolló a una tal Hillary Clinton que no lo vio venir, y ahora hay quien se sorprende de que sea incapaz de detenerse. En dos meses de gobierno ha cumplido medio programa electoral ante el asombro de los analistas biempensantes. Asombro que me asombra. La confusión viene dada por la tozudez de tratar a este individuo como un político al uso. El político miente para ocultar las partes duras que tendrá su acción de gobierno (mentiras piadosas según su punto de vista y timos de la estampita según el de los electores), y luego incumple las promesas y no pasa nada. Eso no vale para Donald Trump, porque desde el inicio de su campaña electoral puso sus partes duras sobre la mesa. Voceó a los cuatro vientos que no es un político, que es racista y machista, que no se traga lo del cambio climático, que sintoniza con Putin, que podría meterle un tiro a un hombre en la calle y no pasaría nada. Este soy yo y así funciono; engullo medios de comunicación y regurgito tweets. Los miembros del Partido Republicano, que lo acogieron en su seno como mono de feria, ahora trabajan paleando estiércol en su circo. ¿Por qué habría de cambiar de parecer? Prometió el fin del TTP y lo cumplió; prometió un muro en la frontera y ya lo ha iniciado; prometió que lo pagaría Méjico y yo no tengo ninguna duda de que los mejicanos, de una forma u otra, lo harán.

Pero tranquilos, Obama ha dicho que estará ojo avizor desde una playa de Malibú, las mujeres demócratas han salido a quejarse a la calle, y los ecologistas han puesto una pancarta en lo alto de una grúa. ¡Caballito de rubias crines, corre, corre!




145.- PUY DU FOU

La Tribuna de Toledo. 14 de marzo de 2017.


Érase una vez una ciudad muy bonita. Tenía altas murallas, viejos palacios y deshabitados conventos. En todo el mundo era conocida por su belleza y visitantes de los cuatro puntos cardinales se rendían admirados a las obras de arte que atesoraba. La princesa del lugar tenía el pelo largo y rubio (como todas las princesas), y bonitos trajes de chaqueta que conjuntaba estilosa con bellos zapatos y complementos. Pero arrastraba una pesada maldición: su obsesión era que las calles nunca se vieran vacías de ejércitos de ahorradores de la tierra donde nace el sol, mascadores de caucho aromatizado de las Américas, gruesos bebedores de cereales fermentados, o jóvenes y espigados guerreros de los países de la leche y el queso. Pese a sus desvelos, la princesa nunca tenía suficientes visitantes abarrotando las callejuelas y plazas de su ciudad. Por eso se preocupaba sin cesar y le preguntaba al espejito mágico de su Ipad: “¡Oh encuestas, encuestas queridas! Decidme que mi última aparición en Fitur ha convencido a cien mil viajeros más, decidme que mi ciudad y mi aura son irresistibles, decidme que no queda un hueco libre en el que aparcar un autobús.” Y como siempre quedaba alguna habitación de hotel vacía, alguna mesa sin reservar en los restaurantes, alguna entrada de museo sacro sin vender, la desdichada princesa nunca alcanzaba la paz.

Entonces llegó un druida procedente de la república donde emerge la Isla de los Monstruos, un mago muy rico al que todos llamaban el gran Puy du Fou, que prometió colmar hasta el borde el vaso de los deseos de público que tenía no sólo la princesa, sino hasta el emperador de la Comarca. El druida se paseó por los confines de la ciudad en busca de un lugar agreste y puro en el que dar rienda suelta a su magia. Y de resultas de su búsqueda, encontró un espacio con olivos, grillos, matorrales, saltamontes, algunos conejos y una pareja de zorros. Y al sonido de su flauta se materializaron un circo romano con gladiadores, leones y cuadrigas, una aldea de los visigodos, un castillo de los moros, y un profundo y especular lago en el que ocho ninfas y tritones hacían juegos de agua. Tras dos años de conjuros y hechizos, se hicieron realidad el estacionamiento para miles de carruajes, las fondas para engordar a los hambrientos y las tiendas en las que cambiar los asépticos dineros por la felicidad hecha peluche. Y se abrió el telón de veinte espectáculos como nunca se habían conocido en leguas y más leguas a la redonda.

Y no sólo la princesa se sintió reina (y el emperador lo que quiera que sientan los emperadores) cuando se colgó el cartel de no hay entradas. Hasta el último de los habitantes de la ciudad se sumergió en el sueño sin despertar deseable del druida Puy du Fou; muchos encontraron ocupación en aquel lugar de fantasía, y de ese modo olvidaron las ruinas abandonadas de su circo romano auténtico, los restos arqueológicos de su visigodo suburbio en la fértil vega del río, los kilómetros de murallas medievales que encintaban sus casas, los caserones de la vieja nobleza, incluso su río enfermo de espumas. Y así, adormecidas las preocupaciones de la fea realidad, todos fueron muy felices y comieron pizzas y hamburguesas porque ya nadie recordaba la receta de las perdices.



144.- ASHLER

La Tribuna de Toledo. 7 de marzo de 2017.


1978 fue el año en que los españoles refrendaron la Constitución. Mis padres me llevaron a Talavera de la Reina, a la tienda de las “Mary”, para que me probase el traje de Primera Comunión y me llevase un balón de goma como regalo. La Organización Mundial de la Salud declaró erradicada la enfermedad de la viruela y, desde entonces, sólo unos pocos pudimos seguir presumiendo de la cicatriz que nos había dejado la vacuna en el brazo. Alfredo Evangelista conquistó el título europeo de los pesos pesados y yo lo vi una noche en la tele, mientras sorbía caracoles picantes. En el Vaticano hubo fumata blanca por un Papa polaco. Argentina ganó el Mundial de fútbol sin echar de menos a Maradona, y Kubala no consiguió hacernos pasar de la primera fase. En casa, el 11 de marzo, cambiamos el papel pintado del comedor por uno algo menos impactante. Ese día me levanté, di cuenta del Cola-cao con galletas María, y sin quitarme el pijama me senté impaciente en el sofá, que estaba cubierto por una sábana blanca para protegerlo del engrudo de los empapeladores.

Sé que fue ese día y no otro porque la semana anterior había empezado a emitirse la mejor serie japonesa de dibujos animados que ha existido. En el primer capítulo ya salían Koji Kabuto y el Doctor Infierno quien, pese a su edad y sus frondosas melenas y barbas blancas, se pintaba los ojos y se vestía con botas, mallas verdes muy ajustadas y una capa morada. También aparecía el robot, por supuesto. Descomunal, rojo, blanco y negro. Aquel día comenzó la fiebre de Mazinger Z que, como si fuera un virus tropical, no se acaba de marchar nunca. No se podía salir al patio de recreo o a la calle sin haber memorizado las canciones del principio y del final; sin intercambiar los cromos que venían de regalo en los bollos de Panrico; sin comentar entre risas el lanzamiento de los misiles-teta de Afrodita (diosa del amor); sin intentar que las bicicletas brincasen mientras gritábamos: “¡Planeador abajo!”

El sábado pasado se cumplieron 39 años del estreno del primer capítulo. Hace bien poco, me di un atracón de DVDs y vi con otros ojos a los diferentes personajes. Había acción y monstruos, sí, pero también muchas alusiones sexuales que yo no había pillado a los nueve años. Las insinuaciones de los adolescentes, el aumento de tamaño de los misiles de Afrodita o su humillación sentada ante un robot que vertía sobre ella un líquido abundante y sospechoso; y ese alegato a la diversidad sexual que era el Barón Ashler, uno y bino, mitad hombre, mitad mujer, tan imposibles de separar que solían hablar a la vez mezclando sus tonos de voz. Pensaba rebuscar en Internet para comprarme una camiseta con la que celebrar la efemérides, pero después de ver la ofensiva de autobuses casposos con mensajes de penes, vulvas, niños y niñas (y los que se avecinan), animo a todos aquellos que integramos la vieja generación Z a sustituir a Mazinger en nuestra ropa y perfiles de Whatsapp por la cara partida de ese caprichoso revoloteo de cromosomas X e Y que es el Barón Ashler.




143.- FUNDIDO EN NEGRO

La Tribuna de Toledo. 28 de febrero de 2017.


La primera película que vi en Toledo fue “La Misión”. Todavía existía el Cine Imperio, pero los estrenos buenos se los llevaba el María Cristina, que estaba junto a la Plaza de Toros. Ni siquiera sabía que la proyección formaba parte del Cineclub municipal hasta que me senté en la butaca y, en lugar de apagarse las luces, apareció un señor gordito y con gafas. Los diez minutos que empleó en contarnos el argumento, cuál era la genealogía y filmografía del director, que prestásemos atención a la banda sonora de Ennio Morricone (con su inciso correspondiente acerca del spaghetti western) y a las interpretaciones diametralmente opuestas de Robert de Niro y Jeremy Irons, lograron que viese la película desde una perspectiva desacostumbrada. La voz de Felipe Hernández Ponos, la fluidez con que los datos acudían a su boca, su peculiar pronunciación de los nombres extranjeros y su rotunda presencia con el telón blanco de fondo, nos hicieron sentir algo nuevo a los amigos del castillo de San Servando que habíamos acudido en pandilla a la sala. No íbamos a ver televisión en pantalla grande, íbamos a asistir al mejor de los artes, el séptimo, y el jefe de pista se había encargado de despejarnos los sentidos para que disfrutásemos de todos los matices del largometraje.

De resultas de esa experiencia, decidimos que teníamos que llevar a aquel hombre tan singular a nuestro terreno. Nos pusimos en contacto con él y dedicó dos inolvidables tardes a contarnos la historia del cine desde los hermanos Lumière hasta Woody Allen, pasando por Rodolfo Valentino, Harold Lloyd, Chaplin, Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Hitchcock y las películas legendarias (Metrópolis, La diligencia, Cantando bajo la lluvia, Ciudadano Kane, Casablanca, Blade Runner). Noventa jóvenes sin moverse de las butacas en el salón de actos de San Servando. Ni un papel en las manos de Felipe o sobre la mesa, ni un titubeo, ni una pérdida del hilo. De esas conferencias nacieron los ciclos de videoclub del castillo, se empezaron a ver ejemplares de la revista Fotogramas en los espacios comunes de la residencia, y en las habitaciones se escuchaba el chisporroteo del transistor con el “Polvo de estrellas” de Carlos Pumares hasta bien entrada la madrugada.

Dejé la ciudad durante años y, al volver, vi que aquel hombre seguía comandando el Cineclub, ahora en el teatro de Rojas. Igual que siempre, corpulento, enciclopédico y comunicador, programando sus cosechas del año y sus ciclos con cierta tendencia a la tristeza. Allí me descubrió al mejor Zhang Yimou y a Gong Li, bella entre las bellas. Gracias a él viví grandes momentos expresados en idiomas ininteligibles y aprendí la jerga básica del cine. 36 años al frente y ahora el desagradable encendido de las luces anuncia el fin de la peli. Muchos nos quedaremos viendo pasar los títulos de crédito a la espera de alguna escena extra de Ponos. Hasta que la pantalla se funda en negro.



142.- HORMIGUITA

La Tribuna de Toledo. 21 de febrero de 2017.


Concluyó que la vida era cosa de valientes, que sólo con la queja no se avanza, que había que agarrar al toro por los cuernos, ignorar el vértigo y dar un paso adelante. No fue una tarea fácil. Primero tuvo que hacer mil sumas y restas, reunir avales, conseguir un crédito. Después lidió con la burocracia de notarios, registros y licencias; domesticó a la cuadrilla de albañiles y se amoldó a su sistema de trabajo intermitente que tanto desespera; se sobrepuso a los insectos que anidaban en las rendijas y madriguerillas del sótano, a las tuberías en mal estado y a unas cuantas capas de escombro y solados superpuestos. En casa no paraba de emborronar papeles con bocetos, fantasías, anhelos y cuentas, muchas cuentas. Cuando la cosa parecía estar encarrilada, con las paredes blancas, el aseo terminado, la vieja barra del bar demolida, los focos en su sitio y el nuevo suelo reluciente, se estampó contra el encargado de fabricar el escaparate.

De resultas del choque anduvo convaleciente y algo tristona durante las Navidades, pero con el ojo puesto en 2017, el año de la esperanza, el año en que la tienda levantaría la persiana. Mientras tanto, contó su ilusión a los amigos, se volcó en las redes sociales, ensambló y atornilló estanterías, pegó adhesivos con lunares dorados, se inventó el cordaje de las lámparas y empezó a desembalar sus mercancías. Su llegada al barrio, a la calle Sillería (la que une la Plaza de Zocodover con la de San Agustín y su mercado), fue un soplo de aire fresco. Había desembarcado cargada de libros infantiles, exquisiteces de papelería y productos de Mr. Wonderful (la marca que me cuentan que encandila a la gente con frases optimistas impresas en agendas y tazas de té). La óptica, el bar, la tienda de ropa y la de alimentos lo celebraron como lo que era: un nuevo colono, otro mimbre para tupir la cesta, un tapón más para cerrar uno de tantos boquetes por los que se vacía la vida de la parte antigua de la ciudad.

Allí la pueden ver, caldeando la tienda con una sonrisa grande y un calefactor pequeño, demostrando cada día que existen opciones diferentes a los establecimientos de comida rápida, a las baratijas y a los productos desechables de los locales para turistas; que se puede ser comerciante en el Casco histórico sin perder la simpatía; que el buen gusto no está reñido con el negocio; que la regeneración de la ciudad puede partir de hormiguitas que trabajan duro en locales de 20 m2; que al virus del mal gusto y de lo cutre hay que combatirlo con vacunas de este tipo y con la acupuntura urbana de ideas atrevidas. Ella se llama Nuria; la tienda, Urban paper.



141.- CIUDAD ESCAPARATE

La Tribuna de Toledo. 14 de febrero de 2017.


Bienvenido a Ciudad Escaparate. Le recomendamos que se tome el tiempo necesario para admirar el peñón erizado de torres desde una distancia adecuada. Puede tomar fotos gratis que cualquier editor de postales querría para sí, o aliviarse entre las peñas y el arbolado más cercano. Desde la lejanía todas las casas lucen como si estuvieran habitadas, las cuestas tienen un toque pintoresco, el río refulge límpido e inodoro, y el incómodo cableado desaparece para que sienta la experiencia única de contemplar una ciudad fosilizada en los tiempos medievales. Tenemos trabajando a funcionarios, académicos, patronos de fundaciones y políticos para que nada perturbe su goce. El acceso de los autobuses turísticos al interior de las murallas no está permitido, pero nuestra policía está adiestrada para hacer la vista gorda ante los bloqueos del tráfico, con el fin de que usted pueda ser cómodamente descargado en las escaleras mecánicas o depositado junto a uno de los puentes que le ofrece la posibilidad de volar en tirolina. Hemos cuidado al detalle la limpieza, la seguridad y el aspecto de las dos plazas y las cuatro calles por las que el paso es obligado. Nuestros comerciantes no han reparado en desvelos para ofrecerle la mejor selección de imanes de nevera que una ciudad Patrimonio de la Humanidad pudiera soñar. Del mismo modo, existe una amplia oferta de tapas afinada por un año como Capital Gastronómica Española; nuestras aceitunas y patatas fritas de bolsa no tienen parangón. Por favor, le rogamos que no se separe de su guía oficial, adquiera las buenas falsificaciones de las tiendas concertadas, y no abandone los recorridos habituales. Nada de interés le aguarda en el resto de callejuelas, y no podemos responsabilizarnos del elevado riesgo de pisar detritus, recibir el guano de alguna paloma, torcerse el tobillo en el empedrado o de encontrarse con un residente. Todos nuestros recursos se han volcado en el arreglo de los principales monumentos privados y, por un módico precio, los podrá conocer anillado con una pulsera. Con el fin de que su estancia sea más agradable, nos tomamos la libertad de cortar el tráfico al interior del casco histórico en las fiestas locales y madrileñas. Nuestra inversión en publicidad institucional no deja de crecer; nuestra recompensa es su visita, que beneficiará al menos a las veinte empresas de hostelería y rutas turísticas que tenemos censadas. Le animamos a que aprecie la combinación del esfuerzo público y privado invertido para eliminar las deficitarias tiendas y negocios enfocados a nutrir, vestir y cubrir las necesidades básicas de los exiguos habitantes del casco histórico. Por favor, evite el contacto con los indígenas, seres malhumorados, de carácter difícil. Estamos trabajando con ahínco para lograr su erradicación, pero esta subespecie generadora de bolsas de basura y confinada en infraviviendas es muy resistente. Por último, no se vaya sin conocer la creatividad escultórica de los maestros mazapaneros y recomiende la ciudad en las redes sociales. Desde Ciudad Escaparate deseamos que sus cinco horas de visita sean inolvidables.



140.- MOSCAS DEL VINAGRE

La Tribuna de Toledo. 7 de febrero de 2017.


Como la efímera mosca del vinagre, en un tiempo record, el “Partido de la gente” ha cubierto todas sus fases vitales hasta plantarse en el estadio previo a la muerte. No deja de ser una broma macabra que el golpe de efecto de hacer coincidir su congreso con el del PP se vaya a volver en su contra. La balsa de aceite -perfumada con los pétalos arrancados a las rosas socialistas- que le aguarda a Mariano Rajoy poco tiene que ver con el estado de la mar en el Cabo de Hornos de Vistalegre 2. Ya se sabe que segundas partes nunca fueron buenas. Aquellos jóvenes, que se lanzaron a la calle con ganas de comerse el mundo, ahora se dan dentelladas entre sí como hienas cegadas por la carroña de votos que ha dejado el declive del socialismo. Resulta que “la gente” al final eran dos gallos de pelea encerrados en el corral del Congreso, y que el resto sólo eran gallinas a las que montar o polluelos desorientados por el golpeteo de ristras de tweets.

Lo malo de las luchas intestinas es que actúan como anteojeras y te pierdes lo que pasa a tu alrededor, que estás con la guardia cubriéndote la cara mientras el adversario te castiga el hígado y los riñones, sacándote todo el aire hasta que te vienes al suelo. Se fajaron bien ante el acoso de los medios de comunicación, destacaron en las tertulias, pero dejaron escapar el gobierno por el espejismo del control del CNI o de unas idealizadas segundas elecciones y, como sucede tras la derrota, abrieron el tiempo de tirarse los trastos a la cabeza, el tiempo de olvidar la cafetería de la universidad y su mismo origen pegado a la calle, el tiempo de abrillantar con saliva las botas de diputado, o de secretario general, o de jefecillo de barrio; el tiempo de romper los círculos morados para convertirlos en pirámides que, al menos desde los egipcios, son la representación tradicional de cómo funciona el mando más viejuno.

Con Rajoy sostenido a la pata coja sobre su minoría como un flamenco, el PSOE manando bilis por todos sus orificios, y Ciudadanos convertido en un partido homeopático, la izquierda hace lo que mejor se le da: descomponerse. Y desde la barrera, el electorado se agalbana, se resiente, se hastía, se conforma y acaba asumiendo como normal una situación anómala hasta el extremo. Qué lejos quedan aquellas europeas de hace tres años, qué lejos las elecciones del año pasado. La nueva política despierta ya el mismo interés perezoso y apolillado que una caza de Pokemon. Y los españolitos volvemos los ojos hacia la América de Donald Trump, y convertimos nuestras protestas hacia su quehacer diario en el único bálsamo capaz de calmar nuestra decepción.



139.- PEDIR PERDÓN

La Tribuna de Toledo. 31 de enero de 2017.


Un sábado al mes había que pasar el mal trago. Entrabas en la iglesia, aguardabas tu turno sentado en un banco, y luego te arrodillabas en la penumbra del confesionario y le susurrabas tus pecados al cura. No era agradable; el pudor se mezclaba con la culpa y te aceleraba el discurso para acabar lo antes posible, pero luego cumplías la penitencia, ligera, y al salir a la luz todo parecía mucho mejor. El sol brillaba más, el aire era más limpio, y los amigos te esperaban con un balón para echar un partido en la plaza y pecar de nuevo. Un par de minutos de agobio y vergüenza a cambio de una sensación de bienestar que no tiene precio. Después de pedir perdón uno camina sin peso sobre los hombros, con los pulmones abiertos y la sonrisa franca de la inocencia.

¡Qué bonito es pedir perdón y poner el contador a cero! El rey padre ya le vio las ventajas cuando emergió del cenagal de aquel elefante de Botswana con su cadera rota: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”. Y, en efecto, hasta la fecha creo que no ha vuelto a fracturarse la cadera. Animados por el ejemplo del monarca, primus inter pares, a los políticos se les aflojó el nudo de la corbata que les presionaba las cuerdas vocales. “Me equivoqué”, dijo Rajoy para solucionar de un plumazo el caso Bárcenas. Algo similar es lo que parece que está haciendo la vicepresidente en Cataluña: “Demano perdó per les ofenses i com a penitència em vaig a viure a un piset a Barcelona i aquí pau i després glòria.” “Pido perdón”, acaba de decir Cospedal para cerrar de una vez por todas la fosa de las víctimas del Yak-42.

Supongo que ya falta menos para que se extienda el dolor de los pecados a los exiliados españoles que acabaron en los campos de concentración nazis; a los muertos que tienen un poste kilométrico por lápida; a lo mejor alguien revive el caso de la catástrofe ecológica de la balsa de Doñana, o del Prestige, o tal vez se le ocurra a alguno salir en todas las televisiones y decir: “Pido perdón en nombre de todos los españoles por el genocidio por omisión que estamos cometiendo con los refugiados en Europa.”

Yo me sumo a la moda, y pido perdón a los patriotas por no haber hecho la mili; pido perdón a los animalistas por aquella vez que fui a una corrida de toros; y al tío Tacones por aquel día que le afané un par de melones; y a la Comunidad de Madrid por aquellos tiempos en que trucaba el bonobús; pido perdón a mi esposa por mis malos pensamientos con Scarlett Johansson; y a los que pasan hambre por el conejo al ajillo que me comí anteayer. La soberbia no es uno de mis defectos y no me cuesta pedir perdón. Al parecer, el listón está tan bajo que eso me convierte en un tipo con agallas.




138.- BARCO HUNDIDO

La Tribuna de Toledo. 24 de enero de 2017.


Querida Charo:

Cuánto tiempo sin hablar. Cuánto sin rememorar aquel primer día de clase que me pasé debajo de una mesa, o aquel día que nos conocimos y me preguntaste si yo era niño o niña, porque tenía el pelo rubio y largo y la cara indefinida, y yo contesté enfurruñado que niño, y debí pensar que de qué iba aquella maestra nueva, con ojos desconcertantes de diferente color, que había venido de La Estrella para enseñarnos a leer y a escribir, y las cuatro reglas, y la mayor parte de las cosas que se aprenden hasta los catorce años. Seguro que recuerdas las mañanas que dedicabas a leernos capítulos de libros para que nos calasen la piel las hazañas de Robin Hood, o de Tom Sawyer, o las curiosidades de la vida de Leonardo da Vinci.

Vivías en aquel piso pequeño, lleno de marido y de hijos, que venía junto con la plaza de maestro y que estaba frente a las escuelas viejas. Tenía unas escaleras estrechas y empinadas, abiertas a la calle, que terminaban en el timbre. Dentro estaban los estantes cargados con trilobites de pizarra, y minerales, y una mandíbula de tiburón. Y, por supuesto, los libros. Por todas partes: abarrotando los pocos metros de la vivienda, amenazando el forjado, combando los anaqueles, derramándose sobre la mesa. Aquel día me preguntaste: “¿No has leído el libro de los conejos?”, y recorriste con el dedo los lomos de los ejemplares hasta encontrar un volumen grueso, encuadernado con tapa dura de color verde lavado, y lo sacaste con el cuidado del que sostiene una mariposa rara y me lo pusiste en las manos. “Cuídalo, léelo, y me lo devuelves cuando lo termines, que le tengo mucho cariño”.

Disfruté con “La colina de Watership” como creo que no he disfrutado con ningún otro libro. Por la historia, por la edad, por ti. Disfruté tanto que no se lo suelo recomendar a nadie. Doce años atrás, por mi cumpleaños, compré una edición barata de Seix Barral, que es la que tengo en casa. Lo hiberné hasta que esta semana recordé todas las cosas que te acabo de contar y lo subí a la mesilla de noche para echarle otra lectura. El viernes pasado busqué la biografía de Richard Adams, y vi que fue su primer libro, que lo escribió con 52 años, que nadie se lo quería publicar, que ha vendido 50 millones de ejemplares, que en origen fue un cuento que se inventó en un largo viaje en coche con sus hijas, y que murió esta Nochebuena con unos fantásticos 96 años.

Seguro que lo conservas. No me digas que no te apetece abrirlo. Venga, adelante. El bueno de Richard – y Quinto, Avellano y Pelucón - aprobaría que maestra y alumno se unieran con la lectura de un par de capítulos para decirle adiós.




137.- SEPRONA

La Tribuna de Toledo. 17 de enero de 2017.


En el pueblo vivía a poca distancia del cuartel. Los guardias patrullaban con tricornio charolado, a pie, en parejas. Teníamos un perro mestizo de mal genio y talla corta que se pasaba la vida ladrando a los coches y enseñándoles los dientes a los guardias, que le daban pases con sus amplias capas verdes. Aquellas figuras altas, toreras y armadas me parecían terroríficas. Tal vez por eso, cuando voy al volante de mi coche y veo unas luces azules detrás, me intranquilizo. ¿Tendré un piloto fundido? ¿Están los papeles del seguro en la guantera? ¿El pollo a la cerveza que me he comido dará positivo? Con todos estos traumas, manías y temores, llegó el día en que conocí a la Patrulla del Seprona.

Fue a pie de campo, subido en la trasera de su cuatro por cuatro. Urgía redactar la Carta Arqueológica de Toledo; 230 km2 imposibles de prospectar en dos meses. ¿Imagina cuántas fincas valladas y cerradas a cal y canto hay en el término municipal? ¿Cuántos caminos inaccesibles para un Seat Ibiza? ¿Alguien cree que puede entrar a pecho descubierto en el poblado del Cerro de los Palos?

Compartí jornadas de polvo y calor, desayunos de chorizo y panceta, y tantos baches como en un pequeño Dakar. Entramos agachados en los búnkers de la Guerra Civil, charlamos con cazadores, guardeses y labriegos, y vi como todas las puertas se abrían a su paso. De mi duro verano saqué quemaduras solares, broncas con el Ayuntamiento, desencuentros con la Consejería de Cultura, y dolores de cabeza, pero también obtuve una buena amistad con tres guardias (Atanasio, Paco, Armas) y un cabo (Modesto).

Años más tarde, el Seprona se acercó al Colegio San Lucas y María para dar una charla. En el patio colocaron dos de sus motos de campo. Dicen que todos los niños quieren ser bomberos, pero ese día cambiaron el sueño de tocar la campana de un camión rojo por el de convertirse en jinetes de aquellas máquinas. Entre los niños estaba mi hijo. Recuerdo que volvió a casa con la emoción pintada en la cara, contando su experiencia encima de la moto y las cosas que eran capaces de hacer los pilotos. No te lo imaginas, papá. “¿Has conocido a un guardia que se llama Paco? Hemos compartido coche y chuletillas en alguna ocasión”. Y le diré que ese día sentí que la admiración natural que todo niño pequeño tiene hacia su padre crecía del mismo modo que se abrían sus ojos por la sorpresa. Era como si se hubiese enterado de que yo tomaba café con Spiderman.

Sigo de cerca el premio Clara Delgado que otorga Tulaytula. Me gustan su independencia, su buen criterio y la estatuilla de Martín de Vidales. Este año han dado en el centro de la diana al concedérselo a la Patrulla del Seprona, unos hombres vestidos de verde que hacen bien su trabajo. Sin tricornios ni capas, para mi tranquilidad.




136.- EMBAJADOR

La Tribuna de Toledo. 10 de enero de 2017.


En su despacho de Londres, el señor embajador se abstrae con la lectura de unas páginas escritas en un inglés tan arcaico como bello, compuesto como una partitura musical, con palabras de significado profundo al alcance de muy pocos, impresas en un papel de tacto algodonoso y encuadernadas en cuero oloroso y sensual. Sobre la mesa, al alcance de su mano regordeta, reposan el platillo y la taza de porcelana fina, y el vapor consistente del té se eleva filtrando la luz de la lámpara de lectura. ¿Qué es la muerte para un cultivado lector de Shakespeare? ¿Qué son sesenta y dos cadáveres desmembrados y mezclados con chatarra de Yakolev (enterrados a toda prisa con honores militares en un revoltijo con restos de cabras y lagartos, como dice el columnista Manuel Alcántara), esparcidos entre los matorrales de un remoto paraje turco?

Ninguno se podrá comparar a la grandeza de un príncipe de Dinamarca que le habla al cráneo de un bufón, a la desgracia de dos adolescentes italianos que pierden la vida por un amor prohibido, al asesinato de Desdémona a manos del celoso Otelo, a los innumerables cuerpos despanzurrados en las tragedias con nombres de reyes del mejor escritor de todos los tiempos. La prosa de los periodistas es tan directa y zafia como perecedera, y destinada en el mejor de los casos a servir de calefacción a los mendigos de un puñado de ciudades de la lejana y palurda España. No hay nada como el papel de periódico viejo para aumentar el bienestar de un vagabundo; debajo de su jersey los muertos ya no huelen mal, ni sangran, ni incomodan, y las fotos no gritan a los ojos.

El señor embajador siente cómo su sangre ha ido virando del rojo al azul en sus casi cinco años de exilio dorado; ni siquiera es capaz de recordar los tacos campechanos que soltaba desde la presidencia del Congreso de los Diputados; no se reconoce en la soflama trasnochada que hilvanó para frenar en seco a los invasores que osaron pinchar una bandera marroquí en un islote tan insulso y prescindible como la hierba que le daba nombre. Si pudiera echar el tiempo atrás, cambiaría su parrafada por algo más elegante; algo a la altura del hombre en que se ha convertido, algo digno de un ilustre que se siente mucho más cómodo con esmoquin, camisa almidonada y pajarita que con camiseta caqui, gorra y guerrera. Puede que, en secreto, alimente la esperanza de que cuenten con él para agilizar lo del Brexit, que le concedan la nacionalidad británica para alcanzar el paraíso de los lores, ahora que ha adquirido un acento engolado de clase alta.

El té inglés es exquisito. Aunque hoy tenga un cierto regusto metálico final, como a motor ferruginoso, y un pequeño, liviano, lejano, casi inapreciable olor entre beicon abrasado y rosbif podrido.



135.- CABINAS

La Tribuna de Toledo. 3 de enero de 2017.


Fueron faro en la noche, refugio de chaparrones, desahogo de calenturas. Y confesionario indiscreto porque, a falta de algo mejor que hacer, los que aguardaban su turno en la cola perpetua aguzaban el oído y se enteraban de la disputa amorosa, de la excusa del marido infiel o parrandero, o de la tragedia familiar de aquella desconocida que vertía lloros y saliva sobre el auricular. Una de ellas fue la trampa de cristal de la que no pudo salir José Luis López Vázquez. Esa fue la culpable de que muchos usuarios estirasen la pierna hacia atrás para impedir que la puerta se cerrase del todo. Fueron el mejor artículo de bromas pesadas jamás inventado; era para partirse cuando se colaba el dinero en un suspiro atropellado, cuando alguien había pegado un chicle de fresa ácida en el teclado, o un moco ajeno se prendía de la oreja propia.

Asumieron la función de urinarios públicos, albergue de mendigos, e incluso de zona reservada para canes. Es cierto que, de cuando en cuando, timaban al usuario con una veloz deglución de toda la calderilla que el desafortunado hubiera podido reunir, pero también es verdad que fueron más atracadas que un taxista sin mampara. Ayudaron a desarrollar el ingenio: la ficha idéntica en peso y forma a las monedas, el euro limado que volvía al bolsillo después de la llamada, o aquel truco que consistía en perforar la moneda, pasarle un sedal y tirar lo justo para recuperarla sin que se enterase el cerebro primitivo de la máquina.

Y aquellas llamadas anónimas, nocturnas, al azar, que acababan en insulto o en conversación. Y las eternas peladas de pava de los enamorados. Y las señales de vida del hijo destinado en las Canarias por un aciago sorteo de quintas. Y el perfume embriagador dejado por aquella mujer de bandera tras veinte minutos de conferencia, que los adolescentes aspiraban a bocanadas ansiosas como peces sacados del mar. Y la constatación de que el tiempo era relativo y que el último minuto de crédito duraba mucho más que los anteriores (cuelga tú, esto se va a cortar). Y los grafitis, pegatinas, los nombres arañados con la punta de un clavo para dejar constancia eterna del paso de un fulano por aquel espacio. Y la disputa de los candidatos a tal o cual elección por plantar el póster con su jeta en ellas. Y la sensación de película de espías que te entraba cuando cruzabas por delante, sin nadie dentro ni a tu alrededor, y sonaba el teléfono. Y el dedo índice hurgando en busca de cambios olvidados en esa suerte de agujero ratonil con portezuela batiente.

En Reino Unido hace mucho que las convirtieron en icono nacional. Aquí, son curiosidad arqueológica, paisaje urbano caduco, obstáculos visuales, zancadilla de ciegos, perchas publicitarias. Las cabinas de teléfonos ya no tienen quien las quiera.

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